César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las tres y cinco de la madrugada lo sorprendieron bobas, con ojos de búho, mirando en lo oscuro y despierto hasta la otra esquina del sueño. Aquella esquina roja. Sentía necesidad de vomitar desorden, como un volcán expulsa fiero materia guardada, con estrépito y violencia. Tomó el buril. Afuera era el silencio vestido con casuchas, callejas y estrellas. Una que otra bombilla misteriosa. Sus pupilas, dilatadas e insondables, se posaron sobre los lomos del alma de las cosas. No pudo evitarlo: el suspiro. Decidido, espoleó al vacío enorme que le abría las carnes y sintió el jalón terrible de la luna reclamándolo a su órbita. Casi cae de bruces impactado en pleno pecho por ella
esa canción de sílfide. Pero pudo apenas- sostenerse.
Comenzó a escribir.