Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Amor, ¿por qué duele tanto ver cómo caen las hojas en otoño?
No me he vuelto melancólico, ¿no?
A veces pienso que no me escuchas.
Otras, confieso mis errores y yo mismo me los perdono.
Sé que te elegí para lo bueno y para lo malo.
Si escribo poesía, lo hago con trasfondo.
No es mi intención, pero lo hago.
El amor es una creencia, una doctrina, un dogma, que viene y va.
El tiempo entre sus revelaciones, se solapa, se mata, se esfuma.
Pero no con esa celeridad aparente.
Como cuando no suenan las agujas del reloj.
No siempre he reconocido que te empleo como excusa.
Como modelo a seguir.
Pero, como todos los ídolos, acabas cayendo.
Del cielo o del infierno, da lo mismo.
El bien y el mal no tienen nada que ver en esta relación.
Si acaso esta obstinación por conocer la horma de mi zapato.
Y cuanto más conozco, más me traspasas.
Como si quisieras quitarme una máscara tosca y ya obsoleta.
Que sí, que no digo nada que no sepas.
Mis ojos dicen lo que ven.
Y la tinta no se corre.
Como mucho se recorre.
A veces entre líneas, puedo llegar al clímax, pero no son más que palabras, ¿no?
No tienes cuerpo de mujer, ni mucho menos intimidad.
Te amo por ello, por tu imagen viva e indiferente.
Porque eres natural, como si ya de antemano fueses un poema.