Ferdinand
Poeta recién llegado
Abro a la mañana esta puerta sin goznes, sin pomo;
La mujer, al otro lado de la acera, se sonroja sin saberlo
Al descubrir mis ojos en los suyos;
Una roca que se sueña.
Agito mis brazos, desperezo mi tristeza,
Enarco mis hombros, otro giro en éste carrusel idiota.
El bullir, el andar, el hacer,
Entierros de hormigas,
Sujeciones de fantasmagorías euclidianas.
El ritual del autoengaño.
Cierra ya el hocico, viejo lobo,
Nadie entiende tu lengua animal,
Nadie comprende ni acaricia tus ojos raídos, cansados,
Cierra ya la puerta de tu alma,
Que no asome ésta a los ventanales,
Nadie abraza, nadie besa tus costados heridos
De donde la vida mana como un caudal de cristales.
Abro a la mañana esta puerta sin puerta,
Estos ojos cansados de cada día.
Me despido.
La mujer, al otro lado de la acera, se sonroja sin saberlo
Al descubrir mis ojos en los suyos;
Una roca que se sueña.
Agito mis brazos, desperezo mi tristeza,
Enarco mis hombros, otro giro en éste carrusel idiota.
El bullir, el andar, el hacer,
Entierros de hormigas,
Sujeciones de fantasmagorías euclidianas.
El ritual del autoengaño.
Cierra ya el hocico, viejo lobo,
Nadie entiende tu lengua animal,
Nadie comprende ni acaricia tus ojos raídos, cansados,
Cierra ya la puerta de tu alma,
Que no asome ésta a los ventanales,
Nadie abraza, nadie besa tus costados heridos
De donde la vida mana como un caudal de cristales.
Abro a la mañana esta puerta sin puerta,
Estos ojos cansados de cada día.
Me despido.
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