Se transformó la lobreguez callada
de canciones de inexistencia lejana,
en liviana luz precaria desmatizada,
de rumores que tocan a mi ventana.
Se pegaron como torbellino sin pelos,
las moscas del hastío en mi veneno
de historias eclipsadas por los perros,
que anoche lamieron los filos del averno.
Ato mis pies a este suelo sin doliente,
esparzo mis pasos por los vericuetos
de una superficie sin lobas ardientes,
y me palio en lejanos caminos abyectos.
Copio de mis olvidos, mi mano alzada,
una mueca protocolaria, un hasta luego
sin misterios, una bendición atrasada
y eyaculo mis nudos en la calle sin fuego.
Viajo sempiterno lento y descolorido
en las luces famélicas de ojos anclados,
por los senderos sangrientos y perdidos
de mi ciudad taladrada por comejenes.
Las nubes se olvidan de su trascendencia
inmemorial, y extirpan sus ácidos vientres,
sobre las cabezas podridas de miserias
con sus pieles desinfladas y mal olientes.
El reloj marca un cumplido inexistente,
me agacho y recojo sus agujas derrotadas
y el mundo se cuaja en cristales indecentes,
y se aguzan las abyecciones como hijas
liberadas.
Bajo mis ojos, y en Él pienso.
Alzo mis ojos, y dejo una queja.
Toco mi bolsillo allí esta el teléfono
Y su voz me rescata de la tierra del olvido
Y todo se descongela cuando entra Ella
nuevamente.