susoermida
Poeta recién llegado
A la que fue, durante años, mi esposa. Esta es la primera espuma que de mi alma sale.
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Quise hablar contigo, hoy, precisamente hoy.
Rechinando palabras que tu ya sabias,
esas palabras llenas de garras de fuego que
quería nombrar.
Fui huérfano de la palabra, esencia olvidada del gesto
que nacía en mi boca como humedad siempre dispuesta.
Y grité tu nombre, solido, abismal, con el tallo
de tu figura haciéndome daño en la memoria.
Llena mi garganta de pesadas letras, de cilindros
acuosos que me llenaban el alma en un desespero.
Y como te hablo ahora, que no se nombrarte ni como te llamo,
ahora que no sé cómo es tu nombre. Las noches pasan
como conyugales oficios del día siguiente
y en mi garganta nacen impuros deseos de nombrarte.
Nadie conoce este verso. Solo tú sabes cómo son las palabras
que nacen de lo imposible, aquellas que quedan depositadas
en las obscuras sentinas de mi alma.
Te fuiste sin decirme adiós. Cerraste tus ojos como si fueran
profesores dejando una lección elemental y yo, en la distancia
sentí tu olvido y tu adiós y la falta de la falta que nos faltaba.
Como eras cuando te despediste, que nombre nombraba tu memoria,
que ardiente adiós tenías que no me dijiste.
Sabes cómo eran mis camisas y mis pantalones. Sabes como
era el amor que con furia dejamos sobre talamos gigantescos,
voces altas para nosotros dos. Cenizas ahora ya son y yo proclamo
tu muerte como una atmosfera que necesariamente me lleva ti.
Donde te encontraré ahora que los claros días son olvidos
y látigos constantes de victorias de una batalla perdida.
Donde deposito este desamparo que me lleva acumulado
a tu nombre, a tu edad ahora desierta y al volumen de tu figura.
Como eras mujer, como eras, cuando dejaste el adiós tirado
sobre el suspiro y la despedida. Como, mujer, como era el ángel
que olvidó en tus labios mi nombre.
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Quise hablar contigo, hoy, precisamente hoy.
Rechinando palabras que tu ya sabias,
esas palabras llenas de garras de fuego que
quería nombrar.
Fui huérfano de la palabra, esencia olvidada del gesto
que nacía en mi boca como humedad siempre dispuesta.
Y grité tu nombre, solido, abismal, con el tallo
de tu figura haciéndome daño en la memoria.
Llena mi garganta de pesadas letras, de cilindros
acuosos que me llenaban el alma en un desespero.
Y como te hablo ahora, que no se nombrarte ni como te llamo,
ahora que no sé cómo es tu nombre. Las noches pasan
como conyugales oficios del día siguiente
y en mi garganta nacen impuros deseos de nombrarte.
Nadie conoce este verso. Solo tú sabes cómo son las palabras
que nacen de lo imposible, aquellas que quedan depositadas
en las obscuras sentinas de mi alma.
Te fuiste sin decirme adiós. Cerraste tus ojos como si fueran
profesores dejando una lección elemental y yo, en la distancia
sentí tu olvido y tu adiós y la falta de la falta que nos faltaba.
Como eras cuando te despediste, que nombre nombraba tu memoria,
que ardiente adiós tenías que no me dijiste.
Sabes cómo eran mis camisas y mis pantalones. Sabes como
era el amor que con furia dejamos sobre talamos gigantescos,
voces altas para nosotros dos. Cenizas ahora ya son y yo proclamo
tu muerte como una atmosfera que necesariamente me lleva ti.
Donde te encontraré ahora que los claros días son olvidos
y látigos constantes de victorias de una batalla perdida.
Donde deposito este desamparo que me lleva acumulado
a tu nombre, a tu edad ahora desierta y al volumen de tu figura.
Como eras mujer, como eras, cuando dejaste el adiós tirado
sobre el suspiro y la despedida. Como, mujer, como era el ángel
que olvidó en tus labios mi nombre.