Ricardo Llamosas
Poeta recién llegado
Magnifica mujer, hembra toda en ti,
perla exquisita de mi memoria
donde haya de sembrarte irrepetible.
Ana entera, y vengan tus inmortales cogerme,
hacer a este hombre un Dios
que bien suplica restregar carne de reina
cuando honores de labio dignas en mi boca.
¡Ella Ana, si! amor hasta alamparme
al encogerme exhausto de placer,
suplicando empuñes derrota a la distancia,
empecinada esta, explorar nuestra magia.
Las olas de tu cabello bailando al viento,
tu nunca increíble premeditando caricia,
y tus preciosos mohines rompiéndome el alma.
Así de Diosa me arrebatas pasional
cuando entretengo tu cintura con mis dedos,
los que te ponderan en maravilloso contacto.
Y no doy crédito a tus ojos puros
en la proximidad de mi reflejo en ellos,
moribundo de éxtasis allí, quedito,
mientras me regalas retina melancólica.
Mi cárcel de sueños eres, Anita, amor
hacia este interminable nudo de seda tuyo
enlazándome los hígados que te invocan.
Ángel mío, cébate en mis llanuras anhelantes de ti,
y cúrame esas cicatrices del alma supuradora
que me hirieron en tiempo de espera sufrido,
cuando el desaliento de tu ausencia fue tigre.
Si coraje llevo en mi atrevido corazón
para arrojarle empecinado a tus silencios,
Y quieras tu, posarte conmigo al nacer el tiempo,
por si el destino nos reservara la eternidad.
Y te entrego estos versos etéreos
que llevaban siglos buscándote
entre la curiosidad del universo,
fueses tu tan importante.
Si la dignidad del amor
urge camino en tus hebras,
en los manjares del corazón
que caza por sorpresa.
perla exquisita de mi memoria
donde haya de sembrarte irrepetible.
Ana entera, y vengan tus inmortales cogerme,
hacer a este hombre un Dios
que bien suplica restregar carne de reina
cuando honores de labio dignas en mi boca.
¡Ella Ana, si! amor hasta alamparme
al encogerme exhausto de placer,
suplicando empuñes derrota a la distancia,
empecinada esta, explorar nuestra magia.
Las olas de tu cabello bailando al viento,
tu nunca increíble premeditando caricia,
y tus preciosos mohines rompiéndome el alma.
Así de Diosa me arrebatas pasional
cuando entretengo tu cintura con mis dedos,
los que te ponderan en maravilloso contacto.
Y no doy crédito a tus ojos puros
en la proximidad de mi reflejo en ellos,
moribundo de éxtasis allí, quedito,
mientras me regalas retina melancólica.
Mi cárcel de sueños eres, Anita, amor
hacia este interminable nudo de seda tuyo
enlazándome los hígados que te invocan.
Ángel mío, cébate en mis llanuras anhelantes de ti,
y cúrame esas cicatrices del alma supuradora
que me hirieron en tiempo de espera sufrido,
cuando el desaliento de tu ausencia fue tigre.
Si coraje llevo en mi atrevido corazón
para arrojarle empecinado a tus silencios,
Y quieras tu, posarte conmigo al nacer el tiempo,
por si el destino nos reservara la eternidad.
Y te entrego estos versos etéreos
que llevaban siglos buscándote
entre la curiosidad del universo,
fueses tu tan importante.
Si la dignidad del amor
urge camino en tus hebras,
en los manjares del corazón
que caza por sorpresa.