Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Es la superstición que se mitiga,
la que imita los rasgos y el reflejo del hielo.
La piedra desgastada por el humo,
la que inventa ultimátums a la tierra.
El desgaste prolífero del vientre,
el valor del azar cobrándose una vida.
La limpia y sucia arena, la que acaricia el viento,
como un escalofrío, como un sueño sin huesos,
como la creación ambigua y cochambrosa.
El amplificador de los desiertos
desinfecta las lágrimas.
El oasis del tiempo es la veneración
de las edades.
Y la historia no es más que un tocador
sin carmín, sin crepúsculos.
El paisaje se encoge ante la oscuridad,
para luego escapar de los amaneceres.
El aire de un susurro implica la inocencia.
El brazo que se alarga.
La mano que descubre los matices.
Amarte es como un trueno sin relámpago,
como un párpado oculto entre las nubes,
como no amarte, y todo, para recuperarte.
Allí donde la insípida incursión se convierte
en estrecho porvenir,
aparecen las pausas, el amor por la borda.
la que imita los rasgos y el reflejo del hielo.
La piedra desgastada por el humo,
la que inventa ultimátums a la tierra.
El desgaste prolífero del vientre,
el valor del azar cobrándose una vida.
La limpia y sucia arena, la que acaricia el viento,
como un escalofrío, como un sueño sin huesos,
como la creación ambigua y cochambrosa.
El amplificador de los desiertos
desinfecta las lágrimas.
El oasis del tiempo es la veneración
de las edades.
Y la historia no es más que un tocador
sin carmín, sin crepúsculos.
El paisaje se encoge ante la oscuridad,
para luego escapar de los amaneceres.
El aire de un susurro implica la inocencia.
El brazo que se alarga.
La mano que descubre los matices.
Amarte es como un trueno sin relámpago,
como un párpado oculto entre las nubes,
como no amarte, y todo, para recuperarte.
Allí donde la insípida incursión se convierte
en estrecho porvenir,
aparecen las pausas, el amor por la borda.