Amor psicodélico

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
No empezó como empiezan las cosas que uno puede explicar. No hubo fecha, ni hora, ni ese momento claro en que uno dice: aquí. Fue más bien un desliz, una grieta diminuta en la realidad por donde te fuiste filtrando, como si siempre hubieras estado ahí, esperando a que yo dejara de entender el mundo de la forma correcta.​
Porque contigo, todo empezó a torcerse —pero de una manera hermosa, casi necesaria—, como si la realidad hubiera decidido doblarse para dejarnos pasar.​
Te aparecías en mis pensamientos sin permiso, pero no como una idea, sino como un color: a veces azul, profundo y silencioso; otras veces rojo, latiendo como si quisieras romperme el pecho desde adentro. Y yo, que siempre fui orden, empecé a desordenarme.​
No sé en qué momento dejé de tocarte con las manos y empecé a tocarte con lo que no se ve. Había algo en tu forma de mirarme —o de no mirarme— que abría puertas donde antes solo había paredes, como si me dijeras: “pasa”, aunque no dijeras nada.​
Y yo pasaba. Pasaba de la lógica al vértigo, de lo posible a lo absurdo, de mí… a ti.​
Porque esto —lo nuestro— no era amor en línea recta. Era más bien un espiral, una caída hacia arriba, un juego donde cada vez que creía entenderte, te volvías otra cosa.​
Y sin embargo… ahí estabas.​
En cada esquina del pensamiento, en cada silencio que se alargaba más de la cuenta, en ese instante previo al sueño donde todo se vuelve más real que la vigilia. Te volviste costumbre sin repetición, caos sin miedo, presencia incluso cuando no estabas.​
Y entonces entendí —o creí entender— que el amor psicodélico no se vive, se atraviesa. Te atraviesa a ti, me atraviesa a mí, y en el cruce de ambos… algo nuevo respira.​
Algo que no se nombra, pero que insiste.​
Y que duele un poco, sí… pero de ese dolor que no quieres que se cure.​
 

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