Elik0575
Poeta que considera el portal su segunda casa
Nuevamente probé
el látigo fuerte de la injusticia.
Desnudo y atado
en mi cuerpo el látigo ensañaron.
Desnudo y con el cuerpo moreteado
con cortaduras en la piel
que en tiras sufrió desgarro.
Todo en mí
ha sido golpeado.
Pero en medio de tanto castigo,
merecido o inmerecido, no lo se,
lo acepté con soberbia dignidad y franca fortaleza
como nunca antes habitó en mí.
Esta vez
no lloré,
ni me quejé,
no, no me lamenté.
Solo cerraba mis ojos
y con mi mano débil e impotente
apretaba el borde de la cama sangrante en mis ataduras.
Solo cerraba mis ojos
para que en uno de esos golpes
la suerte de morir
fuera mi consuelo
y también mi verdad.
Más en mi mente
y en mis ojos solo recordaba a mamá.
Nada había en los recuerdos
que los días en que era feliz con ella hasta llorar.
Y en mis oídos las palabras tuyas
que me decían:
pronto con ella estarás.
Sentí entonces una paz enorme a pesar del dolor
y mirando fijamente a mi verdugo
en mi derruido existir,
le hice ver que ya no le odiaba,
de mil perdones sin pedirlos, se lo di
y me dejara descansar
en las sabanas del amoroso
morir.
el látigo fuerte de la injusticia.
Desnudo y atado
en mi cuerpo el látigo ensañaron.
Desnudo y con el cuerpo moreteado
con cortaduras en la piel
que en tiras sufrió desgarro.
Todo en mí
ha sido golpeado.
Pero en medio de tanto castigo,
merecido o inmerecido, no lo se,
lo acepté con soberbia dignidad y franca fortaleza
como nunca antes habitó en mí.
Esta vez
no lloré,
ni me quejé,
no, no me lamenté.
Solo cerraba mis ojos
y con mi mano débil e impotente
apretaba el borde de la cama sangrante en mis ataduras.
Solo cerraba mis ojos
para que en uno de esos golpes
la suerte de morir
fuera mi consuelo
y también mi verdad.
Más en mi mente
y en mis ojos solo recordaba a mamá.
Nada había en los recuerdos
que los días en que era feliz con ella hasta llorar.
Y en mis oídos las palabras tuyas
que me decían:
pronto con ella estarás.
Sentí entonces una paz enorme a pesar del dolor
y mirando fijamente a mi verdugo
en mi derruido existir,
le hice ver que ya no le odiaba,
de mil perdones sin pedirlos, se lo di
y me dejara descansar
en las sabanas del amoroso
morir.
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