Paco Valiente
Poeta que no puede vivir sin el portal
Yo buscaba una rendija
para salir de mí mismo,
una palabra mágica
que me cambiara por completo,
buscaba en el humo
de mi cigarrillo,
en mi taza de té,
en las miradas de desconocidas,
en los labios de la noche
que me besaba en la frente.
Andrea era una mariposa herida,
la vida es cruel a veces,
demasiadas veces,
sus ojos eran bellos pero tristes,
deambulaba por la ciudad
abrazada a una botella de vino,
encendiendo cigarrillos con sus sueños
sentenciados,
ella no buscaba nada,
ni quería alguna cosa,
vivía entre la nostalgia
y la melancolía.
El encuentro fue bajo la lluvia,
en la calle “Las Almas”,
me pidió fuego con sus manos
temblorosas
y algo suelto para un trago
de olvido,
la llevé a un café
y entre trago y trago
me contó su historia
que no repetiré porque no hace falta.
Nunca había sentido una atracción
tan desmedida por alguien
así tan de repente
como por ella,
un gran instinto protector nació
en mí de la nada.
Fuimos a mi casa
y entre copa y copa
y el inevitable humo
surgió el deseo
que desembocó en un apasionado
acto sexual
que hizo que abandonara
mi encierro y me introdujera en ella.
Allí tenía mi rendija y mi palabra,
en esa pequeña mujer
de risa forzada,
corazón roto
y manos de hierba.
Hoy en día seguimos juntos,
ella vuela y vuela
y yo dibujo corazones
en sus mañanas.
para salir de mí mismo,
una palabra mágica
que me cambiara por completo,
buscaba en el humo
de mi cigarrillo,
en mi taza de té,
en las miradas de desconocidas,
en los labios de la noche
que me besaba en la frente.
Andrea era una mariposa herida,
la vida es cruel a veces,
demasiadas veces,
sus ojos eran bellos pero tristes,
deambulaba por la ciudad
abrazada a una botella de vino,
encendiendo cigarrillos con sus sueños
sentenciados,
ella no buscaba nada,
ni quería alguna cosa,
vivía entre la nostalgia
y la melancolía.
El encuentro fue bajo la lluvia,
en la calle “Las Almas”,
me pidió fuego con sus manos
temblorosas
y algo suelto para un trago
de olvido,
la llevé a un café
y entre trago y trago
me contó su historia
que no repetiré porque no hace falta.
Nunca había sentido una atracción
tan desmedida por alguien
así tan de repente
como por ella,
un gran instinto protector nació
en mí de la nada.
Fuimos a mi casa
y entre copa y copa
y el inevitable humo
surgió el deseo
que desembocó en un apasionado
acto sexual
que hizo que abandonara
mi encierro y me introdujera en ella.
Allí tenía mi rendija y mi palabra,
en esa pequeña mujer
de risa forzada,
corazón roto
y manos de hierba.
Hoy en día seguimos juntos,
ella vuela y vuela
y yo dibujo corazones
en sus mañanas.