lluvia de enero
Simplemente mujer
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Ángela Figuera Aymerich (1902-1984) Escritora española perteneciente a la Poesía desarraigada de la Primera Generación de Postguerra. Poeta, Lic. Filosofía y Letras, catedrática de Lengua y Literatura de Enseñanza Media, bibliotecaria, cuentista. Nace en Bilbao el 30 de octubre de 1902, realiza sus primeros estudios en un colegio de monjas francesas, el Sacre Coeur. Posteriormente inicia el instituto, siendo una de las primeras muchachas que realiza estudios de Bachillerato. Siguió la carrera de Filosofía y Letras en su ciudad natal y en 1932 se trasladó con su familia a Madrid donde finalizaría sus estudios. En 1932 se instala en Huelva donde inicia su labor de educadora como profesora de Lengua y Literatura Española; dos años más tarde se casa en la ciudad andaluza con su primo Julio Figuera. En 1935 tuvo a su primer hijo, que moriría al nacer. Este trágico suceso marcó su vida y su poesía. En julio de 1936 se encontraba en Madrid haciendo un cursillo para la cátedra, cuando tuvo lugar el alzamiento militar que daría paso a la Guerra Civil; para entonces estaba de nuevo embaraza y en diciembre nació su único hijo, llamado Juan Ramón, en homenaje a Juan Ramón Jiménez. Su marido, siendo socialista, se había alistado en un batallón miliciano y luchó a favor de la república, en 1938 fue encarcelado, acusado de ser comunista, hasta que finalizó la guerra. A Ángela le retiraron el título universitario por estar a favor de la república. Esto le traería graves consecuencias, ya que perdió su trabajo y la despojaron de todos sus bienes.
Poco a poco, consiguió que la situación económica volviese a su cauce. Una vez estabilizada, comenzó a escribir de nuevo. En este contexto, publicó su primer libro de poemas en 1948: Mujer de barro. Este trabajo tuvo muy buena aceptación entre los lectores, lo que le posibilitó seguir publicando. Convirtió la afición en oficio y a lo largo de las décadas siguientes desarrolló una fructífera trayectoria, con uno o más libros publicados al año.
Su temática, su preocupación, su obra más importante y más extensa está vinculada a las fórmulas y a la expresión poética de la posguerra. Su primera presencia en la poesía española es de amor y de paisaje con cierta influencia de Machado y Juan Ramón Jiménez. En Mujer de barro asume su papel de mujer desde el punto de vista del amor y de la maternidad; Soria pura es una comunicación con la tierra y los alrededores de esa ciudad. Posteriormente, Ángela toma contacto con los poetas sociales y su poesía se compromete en esa línea.
En los tiempos más duros del Franquismo, cuando la censura utilizaba sus más afiladas tijeras, Ángela, decidió publicar su trabajo en el extranjero, para poder enseñar su poesía en toda su desnudez.
De este modo, en 1958 publicó en México Belleza cruel, obra que contiene un prólogo muy significativo de León Felipe. Con este libro la escritora quiso dar voz a aquellos que sufrían la represión y que vivían sin esperanzas; ponerse al lado de la persona y ayudarle en su camino para, de este modo, tender puentes entre hermanos.
Ángela Figuera escribe una poesía social que indudablemente participa de los principios de aquellos poetas a los que ella, en cierto modo, sigue: Gabriel Celaya, Victoriano Crémer, Blas de Otero. Pero hay una particularidad en la poesía de Ángela Figuera que se destaca, y es la ternura y el sentido maternal. Detrás de sus grandes poemas hay una madre atribulada. Esto significa que su poesía tiene emoción, sensibilidad y, sobre todo, amor.
En 1961, se trasladó a Avilés. Allí le esperaba su marido, que trabajaba como ingeniero en metalurgia. Ese año se publicó en Caracas (Venezuela) el libro Primera antología. Al año siguiente, publicó Toco la tierra. Letanias (Rialp, 1962), tras el cual haría una pausa en su producción literaria, poniendo fin a la periodicidad de sus publicaciones en la última década. Los años siguientes iría alejándose cada vez más del mundo de la literatura.
Pasaron diecisiete años hasta que escribiese una nueva obra. En 1979, presentó un libro dirigido a los niños. Este sería el último libro que vería publicado: Cuentos tontos para niños listos.
Enferma del corazón y los pulmones, alejada totalmente de la escritura, falleció en Madrid el 2 de abril de 1984. Dos años más tarde, se publicó Obras Completas, donde se recoge toda su producción literaria, y el libro de poesía infantil Canciones para todo el año.
Datos biográficos extraídos de: http://www.euskomedia.org/aunamendi/65528
NO QUIERO
No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.
No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.
No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.
No quiero
que el labriego trabaje sin agua,
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.
No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños le pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.
No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas,
que en los trajes se pongan señales.
No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro.
Qué jamás se disparen fusiles,
qué jamás se fabriquen fusiles.
No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos,
que decreten lo que es poesía.
No quiero
amar en secreto,
llorar en secreto,
cantar en secreto.
No quiero
que me tapen la boca
cuando digo "no quiero".
****************
EL CIELO
Colegas queridísimos, estetas defensores
del pájaro y la rosa y el mundo está bien hecho
etcétera, y cantemos el cielo en primavera,
porque es azul y estalla de gracia y poesía,
amigos y enemigos, es cierto, estáis sobrados
de sólidas razones. Seguir vuestro camino
acaso lograría salvarme de estas cosas.
De tantos anatemas comiéndose mis versos.
Pensándolo, es loable. El cielo azul tan lindo.
El cielo bondadoso de Dios y de sus ángeles.
Precioso. Pero amigos, decidme, por los clavos
de Cristo, por los clavos del hombre, ¿estáis seguros?
¿Creéis que un bello cielo nos cubre todavía?
¿Aún brilla luminoso sobre el cieno?
¿Y sigue siendo azul sobre la sangre?
Yo, así, lo cantaría con toda unción. Palabra.
Con versos bien rimados, para dormir tranquila
sabiendo que tenía mi puesto asegurado
en las Antologías del Arte más conspicuo.
Pero es casi imposible. Pues yo no veo el cielo.
No acierto a verlo, hermanos, desde hace largas fechas.
Desde hace mucho llanto me falta de los ojos.
Porque no puede verse vuestro cielo perfecto
desde un mundo entoldado con las nubes más hoscas.
Y no puede mirarse con la espalda doblada.
Ni se goza su lumbre con la nuca partida.
No puede verse el cielo con el pecho quemado
en la boca del horno,
ni se ven sus fulgores con los párpados sucios
del sudor más espeso,
ni su luz nos alcanza tanteando en las simas
de las cuencas mineras,
ni podemos mirarlo retirando las redes
con la sal en los ojos.
No es posible encontrarlo a través de la efigie
coronada de gloria del tirano sangriento,
ni se encuentra en las togas de los negros fiscales
ni en el frío destello de los sables de gala
en los bellos desfiles,
ni durmiendo en la iglesia mientras suenan las preces
por los fieles difuntos.
No se llega hasta el cielo desde tantas prisiones,
desde tantos cuarteles con sargentos y piojos,
desde tantas escuelas con los bancos helados,
desde tantos lugares con letreros que dicen:
se prohíbe la entrada.
No puede verse el cielo desde el fondo del cáncer,
desde el fondo más hondo del infierno más negro,
desde el fondo de todos los que están en el fondo,
los que son tierra sucia que pisáis sin mirarla
cuando vais extasiados por las líricas nubes.
Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.
Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.
Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.
Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.
Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.
Y corría y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.
Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada.
Ángela Figuera Aymerich (1902-1984) Escritora española perteneciente a la Poesía desarraigada de la Primera Generación de Postguerra. Poeta, Lic. Filosofía y Letras, catedrática de Lengua y Literatura de Enseñanza Media, bibliotecaria, cuentista. Nace en Bilbao el 30 de octubre de 1902, realiza sus primeros estudios en un colegio de monjas francesas, el Sacre Coeur. Posteriormente inicia el instituto, siendo una de las primeras muchachas que realiza estudios de Bachillerato. Siguió la carrera de Filosofía y Letras en su ciudad natal y en 1932 se trasladó con su familia a Madrid donde finalizaría sus estudios. En 1932 se instala en Huelva donde inicia su labor de educadora como profesora de Lengua y Literatura Española; dos años más tarde se casa en la ciudad andaluza con su primo Julio Figuera. En 1935 tuvo a su primer hijo, que moriría al nacer. Este trágico suceso marcó su vida y su poesía. En julio de 1936 se encontraba en Madrid haciendo un cursillo para la cátedra, cuando tuvo lugar el alzamiento militar que daría paso a la Guerra Civil; para entonces estaba de nuevo embaraza y en diciembre nació su único hijo, llamado Juan Ramón, en homenaje a Juan Ramón Jiménez. Su marido, siendo socialista, se había alistado en un batallón miliciano y luchó a favor de la república, en 1938 fue encarcelado, acusado de ser comunista, hasta que finalizó la guerra. A Ángela le retiraron el título universitario por estar a favor de la república. Esto le traería graves consecuencias, ya que perdió su trabajo y la despojaron de todos sus bienes.
Poco a poco, consiguió que la situación económica volviese a su cauce. Una vez estabilizada, comenzó a escribir de nuevo. En este contexto, publicó su primer libro de poemas en 1948: Mujer de barro. Este trabajo tuvo muy buena aceptación entre los lectores, lo que le posibilitó seguir publicando. Convirtió la afición en oficio y a lo largo de las décadas siguientes desarrolló una fructífera trayectoria, con uno o más libros publicados al año.
Su temática, su preocupación, su obra más importante y más extensa está vinculada a las fórmulas y a la expresión poética de la posguerra. Su primera presencia en la poesía española es de amor y de paisaje con cierta influencia de Machado y Juan Ramón Jiménez. En Mujer de barro asume su papel de mujer desde el punto de vista del amor y de la maternidad; Soria pura es una comunicación con la tierra y los alrededores de esa ciudad. Posteriormente, Ángela toma contacto con los poetas sociales y su poesía se compromete en esa línea.
En los tiempos más duros del Franquismo, cuando la censura utilizaba sus más afiladas tijeras, Ángela, decidió publicar su trabajo en el extranjero, para poder enseñar su poesía en toda su desnudez.
De este modo, en 1958 publicó en México Belleza cruel, obra que contiene un prólogo muy significativo de León Felipe. Con este libro la escritora quiso dar voz a aquellos que sufrían la represión y que vivían sin esperanzas; ponerse al lado de la persona y ayudarle en su camino para, de este modo, tender puentes entre hermanos.
Ángela Figuera escribe una poesía social que indudablemente participa de los principios de aquellos poetas a los que ella, en cierto modo, sigue: Gabriel Celaya, Victoriano Crémer, Blas de Otero. Pero hay una particularidad en la poesía de Ángela Figuera que se destaca, y es la ternura y el sentido maternal. Detrás de sus grandes poemas hay una madre atribulada. Esto significa que su poesía tiene emoción, sensibilidad y, sobre todo, amor.
En 1961, se trasladó a Avilés. Allí le esperaba su marido, que trabajaba como ingeniero en metalurgia. Ese año se publicó en Caracas (Venezuela) el libro Primera antología. Al año siguiente, publicó Toco la tierra. Letanias (Rialp, 1962), tras el cual haría una pausa en su producción literaria, poniendo fin a la periodicidad de sus publicaciones en la última década. Los años siguientes iría alejándose cada vez más del mundo de la literatura.
Pasaron diecisiete años hasta que escribiese una nueva obra. En 1979, presentó un libro dirigido a los niños. Este sería el último libro que vería publicado: Cuentos tontos para niños listos.
Enferma del corazón y los pulmones, alejada totalmente de la escritura, falleció en Madrid el 2 de abril de 1984. Dos años más tarde, se publicó Obras Completas, donde se recoge toda su producción literaria, y el libro de poesía infantil Canciones para todo el año.
Datos biográficos extraídos de: http://www.euskomedia.org/aunamendi/65528
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NO QUIERO
No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.
No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.
No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.
No quiero
que el labriego trabaje sin agua,
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.
No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños le pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.
No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas,
que en los trajes se pongan señales.
No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro.
Qué jamás se disparen fusiles,
qué jamás se fabriquen fusiles.
No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos,
que decreten lo que es poesía.
No quiero
amar en secreto,
llorar en secreto,
cantar en secreto.
No quiero
que me tapen la boca
cuando digo "no quiero".
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EL CIELO
Colegas queridísimos, estetas defensores
del pájaro y la rosa y el mundo está bien hecho
etcétera, y cantemos el cielo en primavera,
porque es azul y estalla de gracia y poesía,
amigos y enemigos, es cierto, estáis sobrados
de sólidas razones. Seguir vuestro camino
acaso lograría salvarme de estas cosas.
De tantos anatemas comiéndose mis versos.
Pensándolo, es loable. El cielo azul tan lindo.
El cielo bondadoso de Dios y de sus ángeles.
Precioso. Pero amigos, decidme, por los clavos
de Cristo, por los clavos del hombre, ¿estáis seguros?
¿Creéis que un bello cielo nos cubre todavía?
¿Aún brilla luminoso sobre el cieno?
¿Y sigue siendo azul sobre la sangre?
Yo, así, lo cantaría con toda unción. Palabra.
Con versos bien rimados, para dormir tranquila
sabiendo que tenía mi puesto asegurado
en las Antologías del Arte más conspicuo.
Pero es casi imposible. Pues yo no veo el cielo.
No acierto a verlo, hermanos, desde hace largas fechas.
Desde hace mucho llanto me falta de los ojos.
Porque no puede verse vuestro cielo perfecto
desde un mundo entoldado con las nubes más hoscas.
Y no puede mirarse con la espalda doblada.
Ni se goza su lumbre con la nuca partida.
No puede verse el cielo con el pecho quemado
en la boca del horno,
ni se ven sus fulgores con los párpados sucios
del sudor más espeso,
ni su luz nos alcanza tanteando en las simas
de las cuencas mineras,
ni podemos mirarlo retirando las redes
con la sal en los ojos.
No es posible encontrarlo a través de la efigie
coronada de gloria del tirano sangriento,
ni se encuentra en las togas de los negros fiscales
ni en el frío destello de los sables de gala
en los bellos desfiles,
ni durmiendo en la iglesia mientras suenan las preces
por los fieles difuntos.
No se llega hasta el cielo desde tantas prisiones,
desde tantos cuarteles con sargentos y piojos,
desde tantas escuelas con los bancos helados,
desde tantos lugares con letreros que dicen:
se prohíbe la entrada.
No puede verse el cielo desde el fondo del cáncer,
desde el fondo más hondo del infierno más negro,
desde el fondo de todos los que están en el fondo,
los que son tierra sucia que pisáis sin mirarla
cuando vais extasiados por las líricas nubes.
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ÉXODO
Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.
Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.
Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.
Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.
Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.
Y corría y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.
Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada.
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