El recuerdo de la mujer
es como un animal nocturno.
Se reproduce en las azoteas,
bajo el espectro estelar
donde duerme la luna.
Baja sigiloso por muros y paredes,
tropieza accidentalmente con la realidad,
derribándola,
huye de la incandescencia de lámparas y focos,
anida en la opaca luz de la mirada.
Sacia su sed con lágrimas, con alcohol,
o con palabras,
-escritas o sólo pensadas-
come silencios, carne de suspiros,
come minutos de sueño.
Y cuando se ha llenado considerablemente,
vomita esperanza, trasmutada en placer.
Bajo los acordes, bajo las notas
de las canciones que le revisten
maúlla,
con las fauces llenas de aliento envenenado.
Huye en la madrugada,
por debajo de las puertas,
por las pequeñas rendijas de los ventanales,
con el hocico manchado,
lambiéndose los restos del alma
que acaba de devorar.
Y aún así no mata del todo a su presa,
le deja la suficiente vida
para volverla a encontrar
la noche siguiente,
amarrada en el mismo lugar,
hasta que alguno de los dos
muera.
es como un animal nocturno.
Se reproduce en las azoteas,
bajo el espectro estelar
donde duerme la luna.
Baja sigiloso por muros y paredes,
tropieza accidentalmente con la realidad,
derribándola,
huye de la incandescencia de lámparas y focos,
anida en la opaca luz de la mirada.
Sacia su sed con lágrimas, con alcohol,
o con palabras,
-escritas o sólo pensadas-
come silencios, carne de suspiros,
come minutos de sueño.
Y cuando se ha llenado considerablemente,
vomita esperanza, trasmutada en placer.
Bajo los acordes, bajo las notas
de las canciones que le revisten
maúlla,
con las fauces llenas de aliento envenenado.
Huye en la madrugada,
por debajo de las puertas,
por las pequeñas rendijas de los ventanales,
con el hocico manchado,
lambiéndose los restos del alma
que acaba de devorar.
Y aún así no mata del todo a su presa,
le deja la suficiente vida
para volverla a encontrar
la noche siguiente,
amarrada en el mismo lugar,
hasta que alguno de los dos
muera.