Aquella tarde que estuve contigo
comprendí la magia de compartir,
dando un solo paso di mil
y encontré el secreto resquicio
donde, incrédulo, introduje la llave,
abrí la puerta a la felicidad,
comprendí, atónito, la realidad
y descubrí de la dicha la clave.
Compartiste un momento conmigo
saboreando un delicioso café,
aspirando el perfume de un clavel,
de aquel que la vida trajo contigo;
el paisaje natural admiramos,
vimos tranquilos la lluvia caer,
miramos juntos el atardecer
y hasta la puesta del sol contemplamos.
Participamos del arcano milagro
de la naturaleza en su perfección
y la primavera en vital eclosión;
me extendiste, generosa, la mano,
pronta, me ayudaste el puente a cruzar
y pasar al otro lado del río;
los dos, cercanos, vivimos,
hasta lo insólito ese instante fugaz.
Nuestros suspiros sinceros y últimos
de placentera y dichosa existencia
celebraron la feliz coincidencia
de pasajes inolvidables y únicos;
los dos, silenciosos, pusimos azúcar
y miel al acíbar de olvidos y ausencias;
alumbramos con el candil de paciencia
la oscuridad de vacío y penumbra.
Aceptamos, con un susurro al oído,
la levedad inexorable del tiempo
y en la callada imponencia del templo
una oración acompañados dijimos;
nos lanzamos, libres, al viento
y así elevados con alas al aire,
nos entregamos al mágico baile
de la vida en su divino concierto.
Y, ¿ahora?, mientras el puente subsista
y mis manos estén cogidas a él,
me queda lo insoportable de ver,
de mirarte en la opuesta orilla;
sin aceptar el olvido en mi ser
cultivo ese día como una flor
cuyo aroma embriaga mi pena de hoy
y me trae la alegría de ayer,
comprendí la magia de compartir,
dando un solo paso di mil
y encontré el secreto resquicio
donde, incrédulo, introduje la llave,
abrí la puerta a la felicidad,
comprendí, atónito, la realidad
y descubrí de la dicha la clave.
Compartiste un momento conmigo
saboreando un delicioso café,
aspirando el perfume de un clavel,
de aquel que la vida trajo contigo;
el paisaje natural admiramos,
vimos tranquilos la lluvia caer,
miramos juntos el atardecer
y hasta la puesta del sol contemplamos.
Participamos del arcano milagro
de la naturaleza en su perfección
y la primavera en vital eclosión;
me extendiste, generosa, la mano,
pronta, me ayudaste el puente a cruzar
y pasar al otro lado del río;
los dos, cercanos, vivimos,
hasta lo insólito ese instante fugaz.
Nuestros suspiros sinceros y últimos
de placentera y dichosa existencia
celebraron la feliz coincidencia
de pasajes inolvidables y únicos;
los dos, silenciosos, pusimos azúcar
y miel al acíbar de olvidos y ausencias;
alumbramos con el candil de paciencia
la oscuridad de vacío y penumbra.
Aceptamos, con un susurro al oído,
la levedad inexorable del tiempo
y en la callada imponencia del templo
una oración acompañados dijimos;
nos lanzamos, libres, al viento
y así elevados con alas al aire,
nos entregamos al mágico baile
de la vida en su divino concierto.
Y, ¿ahora?, mientras el puente subsista
y mis manos estén cogidas a él,
me queda lo insoportable de ver,
de mirarte en la opuesta orilla;
sin aceptar el olvido en mi ser
cultivo ese día como una flor
cuyo aroma embriaga mi pena de hoy
y me trae la alegría de ayer,