Ivan Ortega
Poeta recién llegado
Arrástrame hacia el fin de los mundos
por los puentes que se construyen
sobre las ruinas de poemas incendiados.
Arrastra las entrañas de mis sentidos,
atraviésalas con las iridiscentes astillas
de tus olvidados espejos rotos
donde ingenua se miraba la fantasía.
Otorgando una nueva geografía
a la piel fría de mi sepulcral silencio
arrastra caricias por mi pecho desierto.
Arrástrame pálida musa enferma,
de mi cansado caminar, por las sendas
que se descubren deambulando sin vivir,
arrástrame por las noches negadas a morir.
Arrástrame las lunas, disfrázalas de sol,
a las desnudas sombras vístelas de luz.
Las estrellas parecen apuradas palabras
arrastradas en el aire sin ser escuchadas,
sordos testigos somos ante el holocausto
de un universo que se arrastra sin claudicar.
Arrástrame en las bermejas lágrimas
derramadas por el atardecer herido.
Arrástrame el vino ahogando los recuerdos;
de tu boca marchita a mi boca culpable
vierte el caudal tinto de la sangre de Cristo.
Arrástrame hasta los brazos de tus dioses
acallando la furia de las Euménides.
Por la filosofía de esas realidades
arrástrame hacia el mar de las mentiras
para redescubrir los horizontes de un placer.
Ivan Ortega
por los puentes que se construyen
sobre las ruinas de poemas incendiados.
Arrastra las entrañas de mis sentidos,
atraviésalas con las iridiscentes astillas
de tus olvidados espejos rotos
donde ingenua se miraba la fantasía.
Otorgando una nueva geografía
a la piel fría de mi sepulcral silencio
arrastra caricias por mi pecho desierto.
Arrástrame pálida musa enferma,
de mi cansado caminar, por las sendas
que se descubren deambulando sin vivir,
arrástrame por las noches negadas a morir.
Arrástrame las lunas, disfrázalas de sol,
a las desnudas sombras vístelas de luz.
Las estrellas parecen apuradas palabras
arrastradas en el aire sin ser escuchadas,
sordos testigos somos ante el holocausto
de un universo que se arrastra sin claudicar.
Arrástrame en las bermejas lágrimas
derramadas por el atardecer herido.
Arrástrame el vino ahogando los recuerdos;
de tu boca marchita a mi boca culpable
vierte el caudal tinto de la sangre de Cristo.
Arrástrame hasta los brazos de tus dioses
acallando la furia de las Euménides.
Por la filosofía de esas realidades
arrástrame hacia el mar de las mentiras
para redescubrir los horizontes de un placer.
Ivan Ortega