Cada acto de la vida
es un juguete arrojado
que tras años de mareas
en algún puerto de mar
alguna mirada infantil
se detuvo a contemplar.
Cada palabra que dijimos
a un niño en algún lugar
es una semilla de bien
que habrá florecido ya.
Cada paso que dimos,
cada huella que dejamos
perdida en un arenal
la recogió algún viajero
y la llevó hasta un altar.
Y ahora que ya soy mayor
y vuelvo la vista atrás
quisiera poder admirar
el juguete, la palabra, la huella
que tras lento germinar
en alguna parte del mundo
o en algún espíritu recóndito
como pluma traída por el viento
después de mil titubeos
se habrán detenido a posar.
¿Habrán florecido ya?
es un juguete arrojado
que tras años de mareas
en algún puerto de mar
alguna mirada infantil
se detuvo a contemplar.
Cada palabra que dijimos
a un niño en algún lugar
es una semilla de bien
que habrá florecido ya.
Cada paso que dimos,
cada huella que dejamos
perdida en un arenal
la recogió algún viajero
y la llevó hasta un altar.
Y ahora que ya soy mayor
y vuelvo la vista atrás
quisiera poder admirar
el juguete, la palabra, la huella
que tras lento germinar
en alguna parte del mundo
o en algún espíritu recóndito
como pluma traída por el viento
después de mil titubeos
se habrán detenido a posar.
¿Habrán florecido ya?
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