Solsticio de primavera
Poeta fiel al portal
Atardecer en Gansbaai
(y vuelta a Ciudad del Cabo)
Una danza de gaviotas cocinero
y focas desmembradas
avanzaba hacia los bosques de Macrosistis,
como tentáculos y periscopios, emergían del cerúleo enardecido.
Sutil paño undívago e ineluctable. La linfa geodésico
propalaba caballos de coral blanco hasta estrellarlos
contra los farallones y los ávidos collados.
Sojuzgadas a la ribera, casas cabo holandesas,
verdes y blancas, blancas y verdes, se erigían
bajo un cielo de gamas esplendorosas de colores tenues
y pomposos pasteles. A su izquierda,
de luminarias un puerto cinético se poblaba
irremisiblemente pérfido. En lontananza,
traspasando las quillas, las casas y los collados,
un desierto palaciego de dunas blancas y esquelético sotobosque
se perdía en la infinidad.
Taciturno, la alquimia próvida volvía al arca inexorable
de nódulo océano y las mentes nonatas, yo a Cape Town.
Había sorbido del deseo postrer de todo poeta, la raíz
insondable impregnada por la sensación. Volvía,
como vuelven los albatros después de ocho años; ha encontrar
esas montañas como las de Pizak, esa arena
nacarada como la de San Pablo, esos pinos romanos
como en el Palatino, esos fynbos, floresta endémica. Volvía,
para parir y luego huir de la bahía. Ciudad del Cabo,
comarca del Apartheid y negro astracán.
(y vuelta a Ciudad del Cabo)
Una danza de gaviotas cocinero
y focas desmembradas
avanzaba hacia los bosques de Macrosistis,
como tentáculos y periscopios, emergían del cerúleo enardecido.
Sutil paño undívago e ineluctable. La linfa geodésico
propalaba caballos de coral blanco hasta estrellarlos
contra los farallones y los ávidos collados.
Sojuzgadas a la ribera, casas cabo holandesas,
verdes y blancas, blancas y verdes, se erigían
bajo un cielo de gamas esplendorosas de colores tenues
y pomposos pasteles. A su izquierda,
de luminarias un puerto cinético se poblaba
irremisiblemente pérfido. En lontananza,
traspasando las quillas, las casas y los collados,
un desierto palaciego de dunas blancas y esquelético sotobosque
se perdía en la infinidad.
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Taciturno, la alquimia próvida volvía al arca inexorable
de nódulo océano y las mentes nonatas, yo a Cape Town.
Había sorbido del deseo postrer de todo poeta, la raíz
insondable impregnada por la sensación. Volvía,
como vuelven los albatros después de ocho años; ha encontrar
esas montañas como las de Pizak, esa arena
nacarada como la de San Pablo, esos pinos romanos
como en el Palatino, esos fynbos, floresta endémica. Volvía,
para parir y luego huir de la bahía. Ciudad del Cabo,
comarca del Apartheid y negro astracán.