Loco
Poeta fiel al portal
[video=youtube;OK1aFadJWgk]http://www.youtube.com/watch?v=OK1aFadJWgk&feature=related[/video]
Pájaros carpinteros son mis dedos
mientras sobre la dentadura de ébano y marfil
sincopados dejan su camino en un swing
y mi ceniza cae en el húmedo suelo.
Mano de seda cortada escriben notas
en una madrugada llena de derrotas,
allí en el garito de los adictos
al canalla sendero de los frenéticos,
bailan silenciosos entre besos de almas rotas.
Ojos cerrados que sueñan con música de Bill Evans,
mi estómago es una batidora enferma del cariño
que vomita esputos de viejas heridas de hiel.
La calma es una luz de neón que se arrastra
en la tecla pulsada de mi mano lenta
en una escala de whisky y cerveza.
Un cartel avisa no molesten al pianista,
en el rincón en mi arpegio improvisado
fotografía de mi vida de perdido artista
entregado a la busca del movimiento perfecto.
Corren barras de tabaco, se deslizan tacones de infarto,
se intercambian sucios negocios de estraperlo,
y la melodía sin letra del barrio bajo
pinta de color la bruma y el asfalto.
Dolor en los martillos, reuma en mis sueños
en la seda cortada de una partitura sin terminar
en un eterno vibrato de asco y soledad.
Vuela mi mano de seda ahora,
un disparo cercano muerde en el callejón.
Un último suspiro de percusión queda en el eco
de mi cuerpo caído entre heces y periódicos roídos.
El piano suena desafinado,
es mi sangre el lubricante chorreante
de sus cuerdas desgastadas,
en un silencio sólo suena mi mirada de raso,
la clave de sol ya en fusa ha quedado,
y la noche me acoge en su féretro de terciopelo
para continuar dando un blues quemado
entre acordes de culpa en el cielo.
Pájaros carpinteros son mis dedos
mientras sobre la dentadura de ébano y marfil
sincopados dejan su camino en un swing
y mi ceniza cae en el húmedo suelo.
Mano de seda cortada escriben notas
en una madrugada llena de derrotas,
allí en el garito de los adictos
al canalla sendero de los frenéticos,
bailan silenciosos entre besos de almas rotas.
Ojos cerrados que sueñan con música de Bill Evans,
mi estómago es una batidora enferma del cariño
que vomita esputos de viejas heridas de hiel.
La calma es una luz de neón que se arrastra
en la tecla pulsada de mi mano lenta
en una escala de whisky y cerveza.
Un cartel avisa no molesten al pianista,
en el rincón en mi arpegio improvisado
fotografía de mi vida de perdido artista
entregado a la busca del movimiento perfecto.
Corren barras de tabaco, se deslizan tacones de infarto,
se intercambian sucios negocios de estraperlo,
y la melodía sin letra del barrio bajo
pinta de color la bruma y el asfalto.
Dolor en los martillos, reuma en mis sueños
en la seda cortada de una partitura sin terminar
en un eterno vibrato de asco y soledad.
Vuela mi mano de seda ahora,
un disparo cercano muerde en el callejón.
Un último suspiro de percusión queda en el eco
de mi cuerpo caído entre heces y periódicos roídos.
El piano suena desafinado,
es mi sangre el lubricante chorreante
de sus cuerdas desgastadas,
en un silencio sólo suena mi mirada de raso,
la clave de sol ya en fusa ha quedado,
y la noche me acoge en su féretro de terciopelo
para continuar dando un blues quemado
entre acordes de culpa en el cielo.