Agatha Maquiavela
Poeta recién llegado
Anoche mientras dormía,
distante y tranquila,
apareció mi amada fallecida,
cubriéndome de besos subliminales.
Usamos su imagen,
cuelga de nuestro cuello,
y aunque le tenemos miedo,
ansiamos sus necróticos besos.
Un violín funerario
nos abraza con su triste melodía;
nos defiende de la luz del día
y evita que nos convirtamos
en seres con vida.
Caminé a través de la sombra,
tratando de llegar con mi amada difunta,
y a la mitad del camino
entendí que sigo dormido.
Encontramos fracaso
cuando buscamos amor
pero las hadas oscuras
nos enseñan a morir
absorbiendo el dolor.
Mi alma congelada,
atónita y sublevada contra sí misma,
cae en los brazos falsos
de un ángel disfrazado en color
y sólo mi amada me salvará de su amor.
La luna me veía,
frustrada yo yacía.
Las mentiras me quitaron la vida
y la sonrisa de esa hada maldita
destruyó mi corazón.
Pero la muerte nos tomará en sus brazos,
y hará que olvidemos sus nombres,
y para ayudarnos a morir más y más y más
nos llenará de besos subliminales.
Por Ágata Maquiavela y Fernando Lacrimae
distante y tranquila,
apareció mi amada fallecida,
cubriéndome de besos subliminales.
Usamos su imagen,
cuelga de nuestro cuello,
y aunque le tenemos miedo,
ansiamos sus necróticos besos.
Un violín funerario
nos abraza con su triste melodía;
nos defiende de la luz del día
y evita que nos convirtamos
en seres con vida.
Caminé a través de la sombra,
tratando de llegar con mi amada difunta,
y a la mitad del camino
entendí que sigo dormido.
Encontramos fracaso
cuando buscamos amor
pero las hadas oscuras
nos enseñan a morir
absorbiendo el dolor.
Mi alma congelada,
atónita y sublevada contra sí misma,
cae en los brazos falsos
de un ángel disfrazado en color
y sólo mi amada me salvará de su amor.
La luna me veía,
frustrada yo yacía.
Las mentiras me quitaron la vida
y la sonrisa de esa hada maldita
destruyó mi corazón.
Pero la muerte nos tomará en sus brazos,
y hará que olvidemos sus nombres,
y para ayudarnos a morir más y más y más
nos llenará de besos subliminales.
Por Ágata Maquiavela y Fernando Lacrimae