El Cielo de Octubre
Poeta asiduo al portal
Desde mi cuerpo joven pero cansado,
desde este molde de carne cruda afirmo
que el ser humano tiene miedo.
Tres noches he pasado a solas
sin más compañía que una sombra
tan falta de luz como de conversación,
inherente a mi presencia y por siempre presente
tras encender las lámparas que posan en mi habitación.
El silencio intenta invadir las paredes
privándome del sonido de mis venas al fluir,
del bombo que martilla rítmicamente mi corazón
y de mi respiración constante pero acelerada
que se asusta al taparme con las sábanas.
Estoy solo, y tengo miedo.
Son las tres de la mañana
y son tres los golpes que suenan al otro lado
de la puerta que separa el pasillo de mi cuarto.
No me quiero levantar, pero lo hago,
aterrorizado empiezo a sudar
y mi brazo se extiende para alcanzar el pomo.
Ahora mi respiración se agita,
jadeo como un perro con miedo
pero me hallo valiente.
Abro la puerta, y en frente me veo a mí mismo,
aún sudando, aún cansado,
veo mi figura delgada que me empuja,
se acerca a mi cama
y atraviesa a puñalada limpia mi colchón.
Comienza a brotar sangre en ese espacio
que separa el suelo y el somier.
Con los pies encharcados me doy las gracias,
retiro el cadáver de carne cruda sin mirarle la cara,
y vuelvo a escuchar el silencio más abismal.
desde este molde de carne cruda afirmo
que el ser humano tiene miedo.
Tres noches he pasado a solas
sin más compañía que una sombra
tan falta de luz como de conversación,
inherente a mi presencia y por siempre presente
tras encender las lámparas que posan en mi habitación.
El silencio intenta invadir las paredes
privándome del sonido de mis venas al fluir,
del bombo que martilla rítmicamente mi corazón
y de mi respiración constante pero acelerada
que se asusta al taparme con las sábanas.
Estoy solo, y tengo miedo.
Son las tres de la mañana
y son tres los golpes que suenan al otro lado
de la puerta que separa el pasillo de mi cuarto.
No me quiero levantar, pero lo hago,
aterrorizado empiezo a sudar
y mi brazo se extiende para alcanzar el pomo.
Ahora mi respiración se agita,
jadeo como un perro con miedo
pero me hallo valiente.
Abro la puerta, y en frente me veo a mí mismo,
aún sudando, aún cansado,
veo mi figura delgada que me empuja,
se acerca a mi cama
y atraviesa a puñalada limpia mi colchón.
Comienza a brotar sangre en ese espacio
que separa el suelo y el somier.
Con los pies encharcados me doy las gracias,
retiro el cadáver de carne cruda sin mirarle la cara,
y vuelvo a escuchar el silencio más abismal.