Quinto Brena
Poeta adicto al portal
Recuerdo que antes caminaba por caminos solos,
bajo el sol mis días y tu en mi mente, intensa,
y el sol era tu amor, quemante, palpitante,
el cual oí a lo lejos, como un susurro que desciende
hasta mi vida mortal tan hambrienta de tus besos.
Deje mi noche atrás. Me di a buscar los días
en la plática de los árboles y la danza de su ramas.
Tus vientos vinieron luego, refrescaron mi piel,
y como rosa que se abre y perfume que derramas,
la dejaste impregnada de tu aroma inmenso,
Caminé una mañana, y un crepúsculo.
Paso a paso. Por simple placer, por sed, por hambre,
siguiendo un rumbo que no existió.
Te encuentro a veces cerca, y a veces tan lejos,
como al enamorado silencio de tus ojos claros,
a los cuales extiendo la red de mi esperanza.
Teñido de pasión esta el rio que miraba,
en el cual yo bebía tu amar constante;
amar enajenante, vivo, siempre errante,
en el cual aprendo el conocimiento,
y el intrigante lenguaje de tus gestos.
Se enciende en mi una sed y una tormenta.
Después soy calma, una calma quieta.
Levanto mis manos,
las mojo en la savia de un árbol nuevo.
Me extiendo y me estiro hacia tus ramas.
Enredado en ti, me vuelvo enredadera.
El camino acaba. Me detengo junto al mar.
¿Te he de seguir buscando en sus enérgicas olas?
¿podré oír tu voz en su verde oscuridad?
Estoy de pie; te siento cerca. No. Tú no te irás.
Puedo sentarme un momento, y descansar...
bajo el sol mis días y tu en mi mente, intensa,
y el sol era tu amor, quemante, palpitante,
el cual oí a lo lejos, como un susurro que desciende
hasta mi vida mortal tan hambrienta de tus besos.
Deje mi noche atrás. Me di a buscar los días
en la plática de los árboles y la danza de su ramas.
Tus vientos vinieron luego, refrescaron mi piel,
y como rosa que se abre y perfume que derramas,
la dejaste impregnada de tu aroma inmenso,
Caminé una mañana, y un crepúsculo.
Paso a paso. Por simple placer, por sed, por hambre,
siguiendo un rumbo que no existió.
Te encuentro a veces cerca, y a veces tan lejos,
como al enamorado silencio de tus ojos claros,
a los cuales extiendo la red de mi esperanza.
Teñido de pasión esta el rio que miraba,
en el cual yo bebía tu amar constante;
amar enajenante, vivo, siempre errante,
en el cual aprendo el conocimiento,
y el intrigante lenguaje de tus gestos.
Se enciende en mi una sed y una tormenta.
Después soy calma, una calma quieta.
Levanto mis manos,
las mojo en la savia de un árbol nuevo.
Me extiendo y me estiro hacia tus ramas.
Enredado en ti, me vuelvo enredadera.
El camino acaba. Me detengo junto al mar.
¿Te he de seguir buscando en sus enérgicas olas?
¿podré oír tu voz en su verde oscuridad?
Estoy de pie; te siento cerca. No. Tú no te irás.
Puedo sentarme un momento, y descansar...