pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
[video=youtube_share;rg4xvhxsNoY]http://youtu.be/rg4xvhxsNoY[/video]
¡Cuánto amo poner mi pie donde termina
ese renglón que es pasajero sobre la vida!
Y el verdor rezumando pétalos
que ascienden como las cenizas de un volcán
vapuleados por el desaire
y la extremaunción de un perdón
inexistente.
¡Cuánto amo vigilar mi sombra
para que no caiga al suelo
y más allá de él!
Dedicarte mis sonrisas y mis
llantos
y la grandilocuencia
de este infierno
que tanto amo.
Afilar el cuchillo de la nostalgia
y sugerirme que soy niño otra vez
y subir y bajar
y subir y bajar
al columpio de la memoria
afilando aquel con la espada blanca
de mi abierta espina dorsal,
acostumbrándome
a recorrerte...
evitando descolgarme fuera de tus rampas
y a no tenerte...
donde nace la ínfima libertad,
y ansiarte en mi cuello
como la cadena de oro y un crucifijo
que ya no poseo
para que luzcan insultantes
las cuerdas de tus cabellos,
una suerte de soga que se cierra sin esfuerzo
con la sencilla ventisca de la mañana
de aquel febrero desde el que yo me muero.
Todos los días son domingo
y jamás llegará un lunes nuevo
en que me deba volver a levantar,
todos los días son domingo
dormir, soñar, creer,
y no despertar.
¡Cuánto amo poner mi pie donde termina
ese renglón que es pasajero sobre la vida!
Y el verdor rezumando pétalos
que ascienden como las cenizas de un volcán
vapuleados por el desaire
y la extremaunción de un perdón
inexistente.
¡Cuánto amo vigilar mi sombra
para que no caiga al suelo
y más allá de él!
Dedicarte mis sonrisas y mis
llantos
y la grandilocuencia
de este infierno
que tanto amo.
Afilar el cuchillo de la nostalgia
y sugerirme que soy niño otra vez
y subir y bajar
y subir y bajar
al columpio de la memoria
afilando aquel con la espada blanca
de mi abierta espina dorsal,
acostumbrándome
a recorrerte...
evitando descolgarme fuera de tus rampas
y a no tenerte...
donde nace la ínfima libertad,
y ansiarte en mi cuello
como la cadena de oro y un crucifijo
que ya no poseo
para que luzcan insultantes
las cuerdas de tus cabellos,
una suerte de soga que se cierra sin esfuerzo
con la sencilla ventisca de la mañana
de aquel febrero desde el que yo me muero.
Todos los días son domingo
y jamás llegará un lunes nuevo
en que me deba volver a levantar,
todos los días son domingo
dormir, soñar, creer,
y no despertar.
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