Marco Antonio
Poeta recién llegado
No muere el alma olvidada
entre los torcidos versos que escribía,
pues cuando mi pluma dejo de invocarte
Morfeo te devolvió a mi vida.
Ser la musa que me ahoga
fue tu desdicha en la noche,
perderte de nuevo cada mañana
el castigo más cruel que la muerte.
Acariciar el todo con la nada
Abrazar desnudo,
tus palabras en mi boca
para acabar regando
con el llanto mis sabanas
al vislumbrar como siempre
el primer rayo del alba.
Anoche,
el mar echó de menos la calma.
El cielo plomizo cayó sobre mis hombros,
y mis alas, inertes,
ardieron inocentes en mis manos.
Cada canto de sirena
una lágrima en el desierto,
cada ilusión marchita
una flecha en mi cuerpo.
Seco estoy,
pues la oscuridad me empapa por dentro
cegando el tacto dormido
que se posaba en tus sueños.
Yerto mi corazón en tu puño
donde se encuentra la daga
que la razón hundió sin motivo
en mi pecho, junto a mi alma.
Mas del polvo que enhebra mi cárcel
emergió el dulce susurrar
de tu nombre en mis labios
cuando al despertar llorando
en la soledad de mi cama
descubrí lo que al ocaso olvido.
Anoche,
dibujé en el aire la suave sonrisa
que vive en tu cuerpo perenne,
tus labios de piedra caliza,
la tumba de un amor que no muere.
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