Évano
Libre, sin dioses.
.
Tras la ventana cae la lluvia, mansa y suave,
difusa, por las flores azules de la blanca cortina.
El árbol de enfrente parece esqueleto.
Encogido por el frío, como yo por el recuerdo,
traza un pasado que trae al paisaje la pluvia
y dibuja un amuleto que a la muerte incita.
Son nuestras cenizas en mis manos inseguras.
Impacta en el vidrio el aire que exhalo
y trazo con los dedos la silueta del reflejo
que vuela desde el cuadro de mi espalda,
de nuestras espaldas, apartadas y calladas.
Triste tener que mirar atrás para ver la vida
y triste contentarse con el cristal de un amor
que va y viene como aire que respiro y muerdo
y que nunca llegará más allá del esqueleto de enfrente.
Cae la lluvia, mansa y suave, tras la ventana,
difusa, por las flores bordadas en los días azules.
Mece el viento a las hojas caídas del suelo
como se acaricia cada recuerdo venido de lejos.
Platean las nubes los rayos de una luna distante,
es otro reflejo, otra ilusión de unos ojos incrédulos.
Cómo olvidar el objeto incrustado en el alma,
no pensar en los besos que saciaban la vida
y retener la alegría de seguirme engañando
al pensar que algún día volverás a mi lado.
Invade la noche al dormitorio olvidado,
mientras, abrazo a mi yo solitario
y caminan los paisajes al amuleto de la muerte:
el del alma y el futuro que nunca llegará.
La bruma entra, o quizás sale de adentro.
Como la oscuridad de todos los tiempos
avanza y se expande a mi mundo perdido.
Tras la cortina, muere la lluvia, mansa y suave,
difusa por el esqueleto del árbol que se agranda
hasta abarcar y enterrar a mi cuerpo sin vida.
Me cubren las flores azules bordadas por ti.
La noche oscura, la luna que platea las nubes,
tu silueta de cristal, el dormitorio solitario, el frío
son ahora recuerdos que se van, acariciando,
a las hojas caídas en un suelo de brumas,
a los recuerdos perdidos de un árbol de flores azules.
Ahora soy esqueleto olvidado, paisaje de la nada.
Tras la ventana cae la lluvia, mansa y suave,
difusa, por las flores azules de la blanca cortina.
El árbol de enfrente parece esqueleto.
Encogido por el frío, como yo por el recuerdo,
traza un pasado que trae al paisaje la pluvia
y dibuja un amuleto que a la muerte incita.
Son nuestras cenizas en mis manos inseguras.
Impacta en el vidrio el aire que exhalo
y trazo con los dedos la silueta del reflejo
que vuela desde el cuadro de mi espalda,
de nuestras espaldas, apartadas y calladas.
Triste tener que mirar atrás para ver la vida
y triste contentarse con el cristal de un amor
que va y viene como aire que respiro y muerdo
y que nunca llegará más allá del esqueleto de enfrente.
Cae la lluvia, mansa y suave, tras la ventana,
difusa, por las flores bordadas en los días azules.
Mece el viento a las hojas caídas del suelo
como se acaricia cada recuerdo venido de lejos.
Platean las nubes los rayos de una luna distante,
es otro reflejo, otra ilusión de unos ojos incrédulos.
Cómo olvidar el objeto incrustado en el alma,
no pensar en los besos que saciaban la vida
y retener la alegría de seguirme engañando
al pensar que algún día volverás a mi lado.
Invade la noche al dormitorio olvidado,
mientras, abrazo a mi yo solitario
y caminan los paisajes al amuleto de la muerte:
el del alma y el futuro que nunca llegará.
La bruma entra, o quizás sale de adentro.
Como la oscuridad de todos los tiempos
avanza y se expande a mi mundo perdido.
Tras la cortina, muere la lluvia, mansa y suave,
difusa por el esqueleto del árbol que se agranda
hasta abarcar y enterrar a mi cuerpo sin vida.
Me cubren las flores azules bordadas por ti.
La noche oscura, la luna que platea las nubes,
tu silueta de cristal, el dormitorio solitario, el frío
son ahora recuerdos que se van, acariciando,
a las hojas caídas en un suelo de brumas,
a los recuerdos perdidos de un árbol de flores azules.
Ahora soy esqueleto olvidado, paisaje de la nada.