Solsticio de primavera
Poeta fiel al portal
Camino a la Sibila.
Parte I.
en una tarde de junio, cuando
el cenit
ya había iniciado el regreso
a su morada
de piélago y los manes, inciertos,
comenzaban a
insuflar, apoyados sus tersos labios bajo el astrágalo,
el dolmen de sombra
desde las cavidades abisales
que el solo ponto
conoce y baña,
emprendímos, carente de augur alguna,
el sendero rodeado de árboles y peñascos hacia la morada de la Sibila.
me era conocida la heráldica leyenda
que en una lúgubre caverna,
salvando las cercanas restingas de la sextacéfala Escila
(¡oh, temblor de los navegantes!),
una plácida isla posaba con sus alas replegadas sobre el ponto.
esa isla era el último reducto que, avergonzada
por la caída del dios Júpiter,
el ignipotente Vulcano y
el hermano del primero, Plutón,
ante el dulce esférico
manejado diestramente por las manos de Tique,
no postraba su santo nombre
ante el santuario y los clérigos de la Primogénita,
manteniendo,
hados y prodigios enfrentados,
el don de la adivinación intacto
consagrado a la cabeza cercenada del armonioso Apolo.
Apolo, el dios más delicado y juvenil
retozaba, como los terneros
cuando balan y dándose pequeños tumbos
con sus lechosas cabezas
se apresuran por llegar primero a la ubre,
en un verde prado,
tocado por una liviana toga de fina pana,
con un áureo tejo,
regalo de su cojo amigo, Hefesto,
cuando la mortífera Tique,
escabullida entre las abiertas flores
que orlarían, ¡ah, de rojo amaranto
el lecho
frecuentado por ninfas y sátiros!,
envalentonándose,
alza en lo alto un álgido venablo
decapitando
al despreocupado Apolo
mientras que, lanzando un segundo venablo
al firmamento,
hiende en el ojo del cielo
todo el ensangrentado honor del apolíneo dios.
Tique llora, y arrodillada,
quebrantando sus uñas
contra el fiero suelo exclama,
recordando a Orfeo, -!ni todos
tus arcanos artilugios,
oh cínico albur, han podido
narrarte
en el vuelo de las aves
o en las entrañas del inmolado becerro,
el mismo final
correspondido que al hijo del rey tracio Eagro,
y ahora heme aquí
debiendo aniquilar mi linaje,
habitantes de un rutilante Partenón
mediante venablos
y la eficacia del ardid, por la espalda,
a fin de libertar
a todas las mozas y mancebos
de los fatalistas edictos del rey de los hombres!,
de esta forma se lamentaba Tique
ante la mortandad dada a su amigo, del numen sietemesino.
atracar en las desiertas costas en las cuales
extendía,
como el austro extiende
sus miríadas de vendavales
y borrajas
una vez liberado de su recinto de arcilla
por el cetro
del alígero Eolo, la Sibila su supremacía
habíame costado
numerosos bajeles y amigos que,
ardiendo sus pechos de ira
contra la primacía del azar,
habían decidido,
teniéndome como caudillo, emprender esta peligrosa empresa.
sin embargo, nuestra mala Fortuna
no sería eterna,
a pesar de los infandos monstruos marinos
que atestaron,
noche y día,
como en una carrera desbocada,
los puentes de nuestras embarcaciones,
nos encontrábamos pisando tierra firme
y más aún,
distinguiendo en la lejanía
la sibilina caverna,
levantarse entre la niebla, de las hojas reverdecidas.
Parte II
entretanto, entrados ya en la sombría noche
avanzábamos en tropel
por el estrecho sendero
bajo la inmensa luna de nácar, que
artera y silente,
proyectaba toda su maternal luz
tal prodigiosa araña,
iluminando el sagrado bosque de Diana,
cuando ¡oh, Calíope!,
uno de mis mancebos,
el gigante Ámbar,
de la antigua raza de los dárdanos,
me dirigió las siguientes palabras:
-camarada, argenta luna
engalana
con sus innúmeras ínfulas
nuestro
ineluctable destino
hacia la alta morada,
pero aún, aunque
sean propicios los auspicios
de nuestra llegada,
me gustaría recordar
de tu blanda boca,
fecunda landa,
la historia en la que Tique
engullendo a su tutora,
Némesis,
alzóse contra los olímpicos,
para así,
inflamando nuestros corazones
con tus vehementes
narraciones,
háganos llegar veloz,
como el equino Arión,
a las puertas tan ansiadas de la sacerdotisa.
tiernamente lo miré a Ámbar,
él, guerreo fiel
e insuperable amigo,
habíame acompañado
en todas mis peligrosas empresas,
desde la sangrienta defensa de Roma
contra el ejército de Tique
hasta la captura, no acertada por Hércules,
del inquebrantable
león de Nemea,
y de esta forma comencé a relatarles
el inesperado descenso de Némesis,
disipada aura leve,
a los allí presentes:
por muchos es sabido que,
aunque olvidado
en los estantes de Cloto,
Tique, hija de Zeus
y de la encarnizada Juno,
tenía el don de otorgar
y quitar
la fortuna toda,
como así, irresponsable,
el codicioso cordel del azar.
Su padre, hacedor
de los empíreos
y del rayo, cansado
de la desobediencia de su Hija,
forjando una rama de manzano
y un ciervo plateado
mediante una fulmínea exhalación,
otorga la vida a Némesis para que,
armada de un tricorne látigo,
enderece las caprichosos hados
concedidos
a los hombres por su hija, Tique.
Ésta, celosa ante
la intromisión de su Padre,
decidida y con una tea
en su joven mano
inmola a su tutora,
horacando la leña encendida
y removiéndola
en el pecho
de la bienhechora, para,
luego de la abluciones
correspondidas,
hacer votos y declararle la guerra a los dioses.
Muertos Júpiter, Plutón
y Vulcano ante
los estratagemas de la joven diosa
(¡traicionero banquete!),
que, enamorando perdidamente
al gallardo Ganímedes,
convéncelo de servir en las gloriosas copas cicuta,
los demás olímpicos,
a excepción del majestuoso Apolo,
prosternaron ante la hacedora, nueva reina entre los hombres.
al terminar estas suaves palabras noté,
no sin cierto asombro,
que rayando
la sonrosada alba
nos encontrábamos frente a la entrada
de la Sibila,
las palabras, arrojadas como satélites
al derredor de un astro,
habíanos hecho llegar ligeras
como ellas,
rozando nuestros pies la delicada grama,
al lar
dónde habitaba la irredenta.
Parte III
¡Oh, musas, Gea, matrona del orbe entero
y las plantas
y los animales
y las aguas rociadas por benjuí,
ayuden a éste,
un pobre vástago, flechado
por la saeta
ponzoñosa de amor,
a recordar, suplicante la sangre,
el precio recibido
por entregarse, como un inocente cordero,
a los leones
y los lobos del amor y del azar!
acerquen sus fértiles senos
a los labios de mi memoria para,
que pujante como el fénix,
arranque
con mi poesía, ¡oh,
último refugio en donde mora mi amor!,
la saeta
que devora, abierto mi pecho,
tal oruga
las majadas de mi marcescible pasión.
años atrás, enamorado de una dulce
muchacha,
Capítulo I.
Parte I.
en una tarde de junio, cuando
el cenit
ya había iniciado el regreso
a su morada
de piélago y los manes, inciertos,
comenzaban a
insuflar, apoyados sus tersos labios bajo el astrágalo,
el dolmen de sombra
desde las cavidades abisales
que el solo ponto
conoce y baña,
emprendímos, carente de augur alguna,
el sendero rodeado de árboles y peñascos hacia la morada de la Sibila.
me era conocida la heráldica leyenda
que en una lúgubre caverna,
salvando las cercanas restingas de la sextacéfala Escila
(¡oh, temblor de los navegantes!),
una plácida isla posaba con sus alas replegadas sobre el ponto.
esa isla era el último reducto que, avergonzada
por la caída del dios Júpiter,
el ignipotente Vulcano y
el hermano del primero, Plutón,
ante el dulce esférico
manejado diestramente por las manos de Tique,
no postraba su santo nombre
ante el santuario y los clérigos de la Primogénita,
manteniendo,
hados y prodigios enfrentados,
el don de la adivinación intacto
consagrado a la cabeza cercenada del armonioso Apolo.
Apolo, el dios más delicado y juvenil
retozaba, como los terneros
cuando balan y dándose pequeños tumbos
con sus lechosas cabezas
se apresuran por llegar primero a la ubre,
en un verde prado,
tocado por una liviana toga de fina pana,
con un áureo tejo,
regalo de su cojo amigo, Hefesto,
cuando la mortífera Tique,
escabullida entre las abiertas flores
que orlarían, ¡ah, de rojo amaranto
el lecho
frecuentado por ninfas y sátiros!,
envalentonándose,
alza en lo alto un álgido venablo
decapitando
al despreocupado Apolo
mientras que, lanzando un segundo venablo
al firmamento,
hiende en el ojo del cielo
todo el ensangrentado honor del apolíneo dios.
Tique llora, y arrodillada,
quebrantando sus uñas
contra el fiero suelo exclama,
recordando a Orfeo, -!ni todos
tus arcanos artilugios,
oh cínico albur, han podido
narrarte
en el vuelo de las aves
o en las entrañas del inmolado becerro,
el mismo final
correspondido que al hijo del rey tracio Eagro,
y ahora heme aquí
debiendo aniquilar mi linaje,
habitantes de un rutilante Partenón
mediante venablos
y la eficacia del ardid, por la espalda,
a fin de libertar
a todas las mozas y mancebos
de los fatalistas edictos del rey de los hombres!,
de esta forma se lamentaba Tique
ante la mortandad dada a su amigo, del numen sietemesino.
atracar en las desiertas costas en las cuales
extendía,
como el austro extiende
sus miríadas de vendavales
y borrajas
una vez liberado de su recinto de arcilla
por el cetro
del alígero Eolo, la Sibila su supremacía
habíame costado
numerosos bajeles y amigos que,
ardiendo sus pechos de ira
contra la primacía del azar,
habían decidido,
teniéndome como caudillo, emprender esta peligrosa empresa.
sin embargo, nuestra mala Fortuna
no sería eterna,
a pesar de los infandos monstruos marinos
que atestaron,
noche y día,
como en una carrera desbocada,
los puentes de nuestras embarcaciones,
nos encontrábamos pisando tierra firme
y más aún,
distinguiendo en la lejanía
la sibilina caverna,
levantarse entre la niebla, de las hojas reverdecidas.
Parte II
entretanto, entrados ya en la sombría noche
avanzábamos en tropel
por el estrecho sendero
bajo la inmensa luna de nácar, que
artera y silente,
proyectaba toda su maternal luz
tal prodigiosa araña,
iluminando el sagrado bosque de Diana,
cuando ¡oh, Calíope!,
uno de mis mancebos,
el gigante Ámbar,
de la antigua raza de los dárdanos,
me dirigió las siguientes palabras:
-camarada, argenta luna
engalana
con sus innúmeras ínfulas
nuestro
ineluctable destino
hacia la alta morada,
pero aún, aunque
sean propicios los auspicios
de nuestra llegada,
me gustaría recordar
de tu blanda boca,
fecunda landa,
la historia en la que Tique
engullendo a su tutora,
Némesis,
alzóse contra los olímpicos,
para así,
inflamando nuestros corazones
con tus vehementes
narraciones,
háganos llegar veloz,
como el equino Arión,
a las puertas tan ansiadas de la sacerdotisa.
tiernamente lo miré a Ámbar,
él, guerreo fiel
e insuperable amigo,
habíame acompañado
en todas mis peligrosas empresas,
desde la sangrienta defensa de Roma
contra el ejército de Tique
hasta la captura, no acertada por Hércules,
del inquebrantable
león de Nemea,
y de esta forma comencé a relatarles
el inesperado descenso de Némesis,
disipada aura leve,
a los allí presentes:
por muchos es sabido que,
aunque olvidado
en los estantes de Cloto,
Tique, hija de Zeus
y de la encarnizada Juno,
tenía el don de otorgar
y quitar
la fortuna toda,
como así, irresponsable,
el codicioso cordel del azar.
Su padre, hacedor
de los empíreos
y del rayo, cansado
de la desobediencia de su Hija,
forjando una rama de manzano
y un ciervo plateado
mediante una fulmínea exhalación,
otorga la vida a Némesis para que,
armada de un tricorne látigo,
enderece las caprichosos hados
concedidos
a los hombres por su hija, Tique.
Ésta, celosa ante
la intromisión de su Padre,
decidida y con una tea
en su joven mano
inmola a su tutora,
horacando la leña encendida
y removiéndola
en el pecho
de la bienhechora, para,
luego de la abluciones
correspondidas,
hacer votos y declararle la guerra a los dioses.
Muertos Júpiter, Plutón
y Vulcano ante
los estratagemas de la joven diosa
(¡traicionero banquete!),
que, enamorando perdidamente
al gallardo Ganímedes,
convéncelo de servir en las gloriosas copas cicuta,
los demás olímpicos,
a excepción del majestuoso Apolo,
prosternaron ante la hacedora, nueva reina entre los hombres.
al terminar estas suaves palabras noté,
no sin cierto asombro,
que rayando
la sonrosada alba
nos encontrábamos frente a la entrada
de la Sibila,
las palabras, arrojadas como satélites
al derredor de un astro,
habíanos hecho llegar ligeras
como ellas,
rozando nuestros pies la delicada grama,
al lar
dónde habitaba la irredenta.
Parte III
¡Oh, musas, Gea, matrona del orbe entero
y las plantas
y los animales
y las aguas rociadas por benjuí,
ayuden a éste,
un pobre vástago, flechado
por la saeta
ponzoñosa de amor,
a recordar, suplicante la sangre,
el precio recibido
por entregarse, como un inocente cordero,
a los leones
y los lobos del amor y del azar!
acerquen sus fértiles senos
a los labios de mi memoria para,
que pujante como el fénix,
arranque
con mi poesía, ¡oh,
último refugio en donde mora mi amor!,
la saeta
que devora, abierto mi pecho,
tal oruga
las majadas de mi marcescible pasión.
años atrás, enamorado de una dulce
muchacha,