BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Me gusta el amor que pasea
sus ángeles por las calles níveas.
Escuchadme: ríos de olvido
penetran mis oídos, mis gargantas,
los lacrimales de mis ojos también
olvidados. Un canto desaforado,
de noche y nocturno, canta en mí,
hoy. Y absuelve las lágrimas que cercan
mi pecho suave y envuelto en franela.
Miro, miro en torno. Y a veces
me da pena lo que veo. Secos rostros,
enjutas calaveras, trastos viejos a punto
de desaparecer, miserias. Un monstruo
disecado- no sé si es el amor o la despreciable
bestia del odio-, apunta sus insignificantes
teoremas. Y más allá, en el subsuelo roto,
grietas de silencio hacen padecer de llanto,
enorme y contagioso, a los seres huraños
que las pueblan. Un brazo pequeño, de cemento
armado, de hormigón taciturno, ha perforado
en fin, mi alma, y esta noche soy más del mundo.
©
sus ángeles por las calles níveas.
Escuchadme: ríos de olvido
penetran mis oídos, mis gargantas,
los lacrimales de mis ojos también
olvidados. Un canto desaforado,
de noche y nocturno, canta en mí,
hoy. Y absuelve las lágrimas que cercan
mi pecho suave y envuelto en franela.
Miro, miro en torno. Y a veces
me da pena lo que veo. Secos rostros,
enjutas calaveras, trastos viejos a punto
de desaparecer, miserias. Un monstruo
disecado- no sé si es el amor o la despreciable
bestia del odio-, apunta sus insignificantes
teoremas. Y más allá, en el subsuelo roto,
grietas de silencio hacen padecer de llanto,
enorme y contagioso, a los seres huraños
que las pueblan. Un brazo pequeño, de cemento
armado, de hormigón taciturno, ha perforado
en fin, mi alma, y esta noche soy más del mundo.
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