manuel flores pinzon
Poeta fiel al portal
Estoy sentado hasta el amanecer y mi corazón se sale de orbita,
grita, solloza, se revuelca y amanece,
alzando tu nombre puesto en mis manos sangrantes,
amanezco tan cansado y retorciendo en tu nombre ,
eres sueño, noche, astro luz y todo el día,
y todo el poema del viejo poeta encerrado,
porque te espero y una parte de mi te tiembla,
te huye y alrededor de ti muere tan solo muere,
solitario con un rosario mirando al cielo,
sin voz ni música que marque el epitafio,
y sin embargo te veo, con esos ojos que son de acero,
con esas manos que hicieron el cielo y la nube,
con tu estatura que es tan alta y tan mar y tan ola,
tan riego del mundo tu delgadez que va surcando la tierra,
hueles a sirenas que atraparon embarcaciones,
a esa madera fresca de un carpintero que hace una cruz,
y estoy sin pecho recargado en un postigo de tu mirada,
detengo con mi espalda la cortina que es avalancha y muere,
y floto y luego como en agua quedo extendido sobre tus manos,
para que me aprieten y me sepa tuyo,
para que me rompan las costillas con su fuerza y así no pueda respirar,
y no me escape de entre tus dedos porque no valla a ser que te me suelte,
porque no valla a ser que te me olvides y tu olvido sea el precipicio,
hay algo de necesidad, de desvarío en todo esto y que?
tus ojos ahí siguen tan paloma y tan cisne que abarcan toda una fauna,
yo sigo sentado esperando el amanecer con los labios partidos,
y no pasa nada, la luna sigue esperándonos por milenios,
tu nombre se hace grande y el olvido tan pequeño que casi no se ve,
que conspiración de dualidad dice que estamos lejos tan cerca o al revés.
Había un viejo poeta que se sentaba junto al paraíso a cantar sus amores no logrados, a pensarlos mejor dicho porque fueron de viento y de silencio,
apenas los pensaba y se quedaban olvidados en la cobardía del tiempo.