Elik0575
Poeta que considera el portal su segunda casa
Se han esparcido la neuronas de mi virtud
a lo largo de esta carretera quieta.
Mi padre decía,
que si lograba mirar detenidamente
sobre la superficie en lejanía
vería como evaporarían
los espíritus que en la vía
por ella en su tiempo pasaron.
Era un vapor intocable.
El algo visible e insondable
en el que podemos caer muchos
al tratar de alcanzarle.
Allí está la carretera,
en su librada lucha contra el tiempo.
Testigo inequívoco
de los muertos y vivos
que esparcieron como yo
sus deseos quedados.
Se han quedado quietas
las palabras que silenciosas
se agotaron
en la cual deseos encontraron
y emergencias de pensamientos
sobre ella yacen callados.
Cierto día la viejita,
lloró la única partidura que manifestaba su acabarse.
Se resquebrajaba
y la lágrima final ella sentía.
Un kilómetro de pavimento y de piel
que amó tanto este descansar.
Como testigo de este hecho
estaba yo,
quien nunca antes
había visto el lamentar de este cielo
hecho concreto,
ni había sentido el morir ufano
de la carretera sola y destrozada.
Así mi boca tampoco dijo nada
porque ya era parte
de lo que siempre había visto
pero nunca puede haber tocado.
E inquietas las neuronas
seguían derramándose
en este espacio de tristeza y nobleza
junto con ella a su siniestra
de esta carretera grieta.
a lo largo de esta carretera quieta.
Mi padre decía,
que si lograba mirar detenidamente
sobre la superficie en lejanía
vería como evaporarían
los espíritus que en la vía
por ella en su tiempo pasaron.
Era un vapor intocable.
El algo visible e insondable
en el que podemos caer muchos
al tratar de alcanzarle.
Allí está la carretera,
en su librada lucha contra el tiempo.
Testigo inequívoco
de los muertos y vivos
que esparcieron como yo
sus deseos quedados.
Se han quedado quietas
las palabras que silenciosas
se agotaron
en la cual deseos encontraron
y emergencias de pensamientos
sobre ella yacen callados.
Cierto día la viejita,
lloró la única partidura que manifestaba su acabarse.
Se resquebrajaba
y la lágrima final ella sentía.
Un kilómetro de pavimento y de piel
que amó tanto este descansar.
Como testigo de este hecho
estaba yo,
quien nunca antes
había visto el lamentar de este cielo
hecho concreto,
ni había sentido el morir ufano
de la carretera sola y destrozada.
Así mi boca tampoco dijo nada
porque ya era parte
de lo que siempre había visto
pero nunca puede haber tocado.
E inquietas las neuronas
seguían derramándose
en este espacio de tristeza y nobleza
junto con ella a su siniestra
de esta carretera grieta.