CATARSIS
Viejos corpúsculos anillados ocupan mis más inaccesibles rincones,
rémoras estratificadas de mis yoes otros, como fósiles,
pleistoceno no estudiado, minerales marginales, fértil hielo.
Grutas fecundas como úteros, como cánticos o semillas.
Y una claridad repentina me disuelve: ya no soy forma,
sólo una sombra sobre barro ¿quien me ha expulsado de mi claustral oratorio,
quien ha abocinado sus labios para un beso y salió un escupitajo?
Se han abierto las puertas de la hecatombe.
Músicas sacrificiales para inmolar los triángulos isósceles,
depurada conjunción de espacios con la purísima luz vespertina.
Asciende bajo las cúpulas -desangrados intradoses de perfectos senos femeninos-
la rítmica armonía de los caos diminutos, latidos o crujidos de vidrios fracturados.
Mientras, se construyen vitrales de obsceno significado:
todo en mí se vuelve concupiscencia, triunfo de la forma curva,
yo, nacido de la cópula violenta de las abcisas rotas por el fragor del encuentro.
Yo, eyectado hacia la nada desde asíntotas decadentes. Yo.
Caídas como estrellas en pecado las celestiales armonías
me acunan sobre los vientres fecundos, sobre olas.
La luz se hace de nuevo y mi altar arde en la tarde.
El pequeño cordero se me ofrece entre cabriolas multicolores.
Caen las hojas como en un inesperado otoño,
hojas como canciones o versos de poeta borracho
hojas sin árbol ni parques ni siquiera una triste calle.
Caen las hojas al sumidero del tiempo que no cesa.
Juego con mis elipses infantiles, con mis romboides felices,
juego una vez más con los diedros asesinos de estructuras cristaloides
rodeado de ángeles danzando los canyengues olvidados
recorro los facistoles abrumados por el peso de sus muertos.
Desde mi no-ser, soy.
Ilus.: “Katharsis.” Mural de José Clemente Orozco. (De “HA!. Historia del Arte.”)
Viejos corpúsculos anillados ocupan mis más inaccesibles rincones,
rémoras estratificadas de mis yoes otros, como fósiles,
pleistoceno no estudiado, minerales marginales, fértil hielo.
Grutas fecundas como úteros, como cánticos o semillas.
Y una claridad repentina me disuelve: ya no soy forma,
sólo una sombra sobre barro ¿quien me ha expulsado de mi claustral oratorio,
quien ha abocinado sus labios para un beso y salió un escupitajo?
Se han abierto las puertas de la hecatombe.
Músicas sacrificiales para inmolar los triángulos isósceles,
depurada conjunción de espacios con la purísima luz vespertina.
Asciende bajo las cúpulas -desangrados intradoses de perfectos senos femeninos-
la rítmica armonía de los caos diminutos, latidos o crujidos de vidrios fracturados.
Mientras, se construyen vitrales de obsceno significado:
todo en mí se vuelve concupiscencia, triunfo de la forma curva,
yo, nacido de la cópula violenta de las abcisas rotas por el fragor del encuentro.
Yo, eyectado hacia la nada desde asíntotas decadentes. Yo.
Caídas como estrellas en pecado las celestiales armonías
me acunan sobre los vientres fecundos, sobre olas.
La luz se hace de nuevo y mi altar arde en la tarde.
El pequeño cordero se me ofrece entre cabriolas multicolores.
Caen las hojas como en un inesperado otoño,
hojas como canciones o versos de poeta borracho
hojas sin árbol ni parques ni siquiera una triste calle.
Caen las hojas al sumidero del tiempo que no cesa.
Juego con mis elipses infantiles, con mis romboides felices,
juego una vez más con los diedros asesinos de estructuras cristaloides
rodeado de ángeles danzando los canyengues olvidados
recorro los facistoles abrumados por el peso de sus muertos.
Desde mi no-ser, soy.
Ilus.: “Katharsis.” Mural de José Clemente Orozco. (De “HA!. Historia del Arte.”)