café en chernobyl
Poeta recién llegado
Cerdos, perros y ovejas
Antes de que mi madre perro
haya parido higos sobre una fontana,
un dolor de muelas tocó la
puerta del carruaje, donde entre los
aparejos se encontraba un viejo
libro de alquimia y unas campanas.
Íbamos a crear un homínido
para luego entregarle un fusil
y haga vigilancia ante el tráfico del caucho.
Pero ese padecer de tener un
espinazo franqueando el cerebro y
una tela en la cabeza,
no la hizo pensar, causándole un derrame.
Ella boba, con los ojos de satélite
babea las teclas de su máquina.
Antaño, era hermoso, como un sol joven
bañado por un mar verde,
fumaba de la trementina dulce que
rezumaban los arces y cogía
con los chamanes de vasta sabiduría.
Ellos me enseñaron sobre los lobos de saco
y las zorras de chalinas de terciopelo.
Un día, coloqué un almohadón
sobre la frente dura de mi protectora,
brillaba fuerte la luna,
como si estuviese bañada de semen.
La mirada de la difunta
era como un colchón hecho de tablones
blancos, lisos como la lejía.
Le besé la boca y le toqué los labios.
Compré un telescopio
y por primera vez observé el Universo
y vi que tan insignificante es la
vida humana si es que no existiera el derecho.
Al meterme a la tina con mi tía
pues ella me jabonaba la espalda,
creció pequeños arbustos
en mi pubis enfermo.
Ella lo peinó con la lengua y sentí vergüenza.
En mi palacio me laceaba el pelo
con el jugo de caracoles y venenos de boas,
decían que era un revitalizante al
único retazo animal que tenemos.
Las consortes se mordían la boca hecha
manzana, sus muslos sudaban
mezclas de perfumes.
Mi mente era un canto de sirenas y quería
asesinarlas a todas.
Como toda gran fortuna siempre
trae sus tan distintos pormenores.
Una lista de óvulos fecundados en un laboratorio
esperaban que comparta el pan que tenía
sobre la mesa.
No, me dije. Todo lo que sube tiene
que bajar probó Newton, pero todo lo que
fue resplandeciente se oxida, digo yo.
Pagué un fiscal.
Un almuerzo y la mitad de mis honorarios y listo.
Compré armas a un comandante
que traficaba para la FARC, digo el verbo
en pretérito, pues lo encontraron sin
testículos colgando boca abajo sobre un puente.
¿Para qué compartir?
¿Para qué cerrar los ojos ante Lady Godiva?
Mi mujer, una dentista
que era fea si se secaba los lentes negros
me trataba con ternura, como si
fuera un gato inválido. Al principio se negó a medicarme
el pinchazo, luego accedió.
Es mi camino, darle vuelta a la tuerca del destino
que la mayoría da por el sentido contrario
es tan fatigante.
Perdí varias almas, en hostales atados a la cama
con cera en las tetillas y la billetera
vacía, u otras veces, vomitando bilis en la losa
y temblando sin poder gritar
en plena sobredosis.
Sí, mi mujer sabía que era un felino tísico.
Ya no la necesito, flores sobre
cemento nunca ha combinado de lo mejor.
Murió de cáncer, como casi todo el mundo lo hace
y tal vez yo lo haga yo.
Tengo 24 años y las piernas no se
me pierden solo por qué están pegadas.
Hace largo tiempo hice un peregrinaje, vi la miseria
de las chabolas y comí de su almuerzo.
Era lluvia y mohín de la factoría.
Los bebes de estos seres humanos con su
taparrabos buscando un switch,
como si intuyeran que es la vida y la acabarían
sin remordimiento.
Las paredes eran de cementos con
una gruesa pasta que nunca concluía en un hasta aquí
nomás. Querían alzar un babel,
tañer con las uñas las cuerdas del cielo.
Nunca usaban cuchillos, solo cucharás y tazón.
Me parece mucho más amigable,
¿acaso el utensilio más atractivo de todos
no se inauguró con un degollamiento?
En sus visajes podría encontrar todo, menos
lo que tiene un hombre de ciudad,
ese automatismo de tuerca y rueda que nunca ríe,
ni de su gordura por las sándwich de torrejas,
o de sus rasgos faciales de mono.
En menos de un lustro
compuse una opereta creyendo que haría
dinero para derrocharlo en coca,
pero solo logré alejarme cada vez más de la gente.
Me tildaron de loco, hasta de ebrio
sin saber que odio el licor.
Como en bragas de tilo y sayos de toldo
andaba estrechando las manos
a los de muñeca del vidrio, se me negó la aprobación.
Pensé en hacer estallar una bomba
pero me pareció limitado para mis capacidades.
Podría ser un dictador, pero me
da pavor encasillarme eternamente en la moda
de los peor vestido.
Aparte tendría que pagarme un caqui
y esnifar pólvora por el ano.
Conocí a mi padre hace poco, es un apolítico político,
pertenece y no pertenece a un partido.
Uno de los que más daño le ha hecho al Perú.
Pero ya a estas alturas quien no le ha hecho daño al país.
Si fuera posible se sacaría un compás
y una parte para ti, otra para mí y así educadamente
pero como siempre hay uno que se la
quiere comer solita, un pillo astuto que salta del soto
y toma el tirso, el trono y el dragón, como Fujimori.
Se me caen las tetas
como si me las hubiera chupado una aspiradora,
el jadeo continuo resopla en los folios
de mi escritorio. Estoy muerto, solo falta que me asista
la enfermedad corpórea.
Tengo una lepra que se pega con miradas,
me contagió un triste vendedor de electrodomésticos
cuando feliz fui a comprar una refrigeradora.
Madre, si estuvieras aquí.
Solo para burlarme de tu joroba, me harías
otra vez feliz.
Podría afirmar lo dicho por un párroco, al confesarme,
cuando me dijo que era un monstruo
al proponer el por qué no lanzamos a los niños que
no tendrán futuro al río.
Pero si desnudáramos a todos, con una luz implacable
y divina como los milenarios reyes del mundo
predijeron que Dios lo haría.
Mi opinión sería sumamente conservadora.
Dejemos descansar al holgazán de barba larga,
que se ahogué en su morbo.
Ruanda, Palestina, el Sahara Occidental,
gustas ver eso.
Ver familias destruyéndose por qué un fanático pega
dinamita en un aeropuerto internacional.
Observar que el azote y las rejas
han hecho borrar la historia de los de raza negra.
Yo no podría hacer eso.
Yo solo bebo agua del río que encuentro.
Antes de que mi madre perro
haya parido higos sobre una fontana,
un dolor de muelas tocó la
puerta del carruaje, donde entre los
aparejos se encontraba un viejo
libro de alquimia y unas campanas.
Íbamos a crear un homínido
para luego entregarle un fusil
y haga vigilancia ante el tráfico del caucho.
Pero ese padecer de tener un
espinazo franqueando el cerebro y
una tela en la cabeza,
no la hizo pensar, causándole un derrame.
Ella boba, con los ojos de satélite
babea las teclas de su máquina.
Antaño, era hermoso, como un sol joven
bañado por un mar verde,
fumaba de la trementina dulce que
rezumaban los arces y cogía
con los chamanes de vasta sabiduría.
Ellos me enseñaron sobre los lobos de saco
y las zorras de chalinas de terciopelo.
Un día, coloqué un almohadón
sobre la frente dura de mi protectora,
brillaba fuerte la luna,
como si estuviese bañada de semen.
La mirada de la difunta
era como un colchón hecho de tablones
blancos, lisos como la lejía.
Le besé la boca y le toqué los labios.
Compré un telescopio
y por primera vez observé el Universo
y vi que tan insignificante es la
vida humana si es que no existiera el derecho.
Al meterme a la tina con mi tía
pues ella me jabonaba la espalda,
creció pequeños arbustos
en mi pubis enfermo.
Ella lo peinó con la lengua y sentí vergüenza.
En mi palacio me laceaba el pelo
con el jugo de caracoles y venenos de boas,
decían que era un revitalizante al
único retazo animal que tenemos.
Las consortes se mordían la boca hecha
manzana, sus muslos sudaban
mezclas de perfumes.
Mi mente era un canto de sirenas y quería
asesinarlas a todas.
Como toda gran fortuna siempre
trae sus tan distintos pormenores.
Una lista de óvulos fecundados en un laboratorio
esperaban que comparta el pan que tenía
sobre la mesa.
No, me dije. Todo lo que sube tiene
que bajar probó Newton, pero todo lo que
fue resplandeciente se oxida, digo yo.
Pagué un fiscal.
Un almuerzo y la mitad de mis honorarios y listo.
Compré armas a un comandante
que traficaba para la FARC, digo el verbo
en pretérito, pues lo encontraron sin
testículos colgando boca abajo sobre un puente.
¿Para qué compartir?
¿Para qué cerrar los ojos ante Lady Godiva?
Mi mujer, una dentista
que era fea si se secaba los lentes negros
me trataba con ternura, como si
fuera un gato inválido. Al principio se negó a medicarme
el pinchazo, luego accedió.
Es mi camino, darle vuelta a la tuerca del destino
que la mayoría da por el sentido contrario
es tan fatigante.
Perdí varias almas, en hostales atados a la cama
con cera en las tetillas y la billetera
vacía, u otras veces, vomitando bilis en la losa
y temblando sin poder gritar
en plena sobredosis.
Sí, mi mujer sabía que era un felino tísico.
Ya no la necesito, flores sobre
cemento nunca ha combinado de lo mejor.
Murió de cáncer, como casi todo el mundo lo hace
y tal vez yo lo haga yo.
Tengo 24 años y las piernas no se
me pierden solo por qué están pegadas.
Hace largo tiempo hice un peregrinaje, vi la miseria
de las chabolas y comí de su almuerzo.
Era lluvia y mohín de la factoría.
Los bebes de estos seres humanos con su
taparrabos buscando un switch,
como si intuyeran que es la vida y la acabarían
sin remordimiento.
Las paredes eran de cementos con
una gruesa pasta que nunca concluía en un hasta aquí
nomás. Querían alzar un babel,
tañer con las uñas las cuerdas del cielo.
Nunca usaban cuchillos, solo cucharás y tazón.
Me parece mucho más amigable,
¿acaso el utensilio más atractivo de todos
no se inauguró con un degollamiento?
En sus visajes podría encontrar todo, menos
lo que tiene un hombre de ciudad,
ese automatismo de tuerca y rueda que nunca ríe,
ni de su gordura por las sándwich de torrejas,
o de sus rasgos faciales de mono.
En menos de un lustro
compuse una opereta creyendo que haría
dinero para derrocharlo en coca,
pero solo logré alejarme cada vez más de la gente.
Me tildaron de loco, hasta de ebrio
sin saber que odio el licor.
Como en bragas de tilo y sayos de toldo
andaba estrechando las manos
a los de muñeca del vidrio, se me negó la aprobación.
Pensé en hacer estallar una bomba
pero me pareció limitado para mis capacidades.
Podría ser un dictador, pero me
da pavor encasillarme eternamente en la moda
de los peor vestido.
Aparte tendría que pagarme un caqui
y esnifar pólvora por el ano.
Conocí a mi padre hace poco, es un apolítico político,
pertenece y no pertenece a un partido.
Uno de los que más daño le ha hecho al Perú.
Pero ya a estas alturas quien no le ha hecho daño al país.
Si fuera posible se sacaría un compás
y una parte para ti, otra para mí y así educadamente
pero como siempre hay uno que se la
quiere comer solita, un pillo astuto que salta del soto
y toma el tirso, el trono y el dragón, como Fujimori.
Se me caen las tetas
como si me las hubiera chupado una aspiradora,
el jadeo continuo resopla en los folios
de mi escritorio. Estoy muerto, solo falta que me asista
la enfermedad corpórea.
Tengo una lepra que se pega con miradas,
me contagió un triste vendedor de electrodomésticos
cuando feliz fui a comprar una refrigeradora.
Madre, si estuvieras aquí.
Solo para burlarme de tu joroba, me harías
otra vez feliz.
Podría afirmar lo dicho por un párroco, al confesarme,
cuando me dijo que era un monstruo
al proponer el por qué no lanzamos a los niños que
no tendrán futuro al río.
Pero si desnudáramos a todos, con una luz implacable
y divina como los milenarios reyes del mundo
predijeron que Dios lo haría.
Mi opinión sería sumamente conservadora.
Dejemos descansar al holgazán de barba larga,
que se ahogué en su morbo.
Ruanda, Palestina, el Sahara Occidental,
gustas ver eso.
Ver familias destruyéndose por qué un fanático pega
dinamita en un aeropuerto internacional.
Observar que el azote y las rejas
han hecho borrar la historia de los de raza negra.
Yo no podría hacer eso.
Yo solo bebo agua del río que encuentro.