Orfelunio
Poeta veterano en el portal
Cervantino
De los cervantes del mundo
sólo uno es la pluma,
en cuyas letras del puño
nos deja un siglo de gloria.
Ese Cervantes que azoga,
lo que aprendió berberisco
con su Zoraida nos llora.
Mil y una noches el cisco
lo sorprendió en su deshora;
fue que la piedra hecha risco,
lo acaparó de morisco
y nos legó su hora mora.
En los molinos,
y en los vinos de boda,
cual Camacho en pollino
rocinante de fama,
va el andante jolino
con su vestido de gola.
La Dulcinea lo espera,
y fuera ella mora que adora,
porque idealiza a la bella
con sus decires pomposos,
cuando la bella es por fea
Se cuchichea en Toboso
que hay un doncel de jaleas
que no está bien de los zocos.
Preparando el banquete,
al que escudero no falta,
llega la novia y su hueste,
y cuando ven esa panza
ponen el grito en el cielo:
¿Quién invitó a este janeiro
que no lleva espada ni lanza?
Yo me invité solo, y quiero,
serviros a mi ama y señor,
que él es rey, y vos santa,
y con mi curro de honor,
limpiar al hombre del pueblo,
cuyo nombre no recuerdo,
de ser caballero sin mancha.
Y aunque el rey perdón escoja,
un caballero fuese él
en la cárcel Barbirroja;
y en el manco de la manga,
el hidalgo con su galgo corredor
cuyos vientos dejan huellas,
son gigantes con el sueño inquisidor,
señal en las escuelas
que recuerdan sus estampas.
Bajo el palpo de su soga
me requiere su mordiente,
me pretende y me devora,
el veneno, la serpiente,
que voraz, insinuadora,
nació una noche de Septiembre,
del veintidós a cierta hora.
Una sombra me persigue
en la noche oscura y larga.
Un monte me atosiga,
y yo, minúsculo en su falda,
dejo que persiga
con su sombra que es la paga,
armonías que me cubren,
melodía en noche vaga;
hora de las penumbras,
con sus velos y sus puentes,
con su boca dictadora,
un Cervantes va naciente
cuando mueren las auroras.