CHARCOS TRAS LA LLUVIA
(Premonición de la muerte)
Ya soy la piedra que en su propio ser se disuelve
transida por los livianos vuelos de mariposas doradas.
Ya soy la debilidad de los charcos tras la lluvia
que respiran sin temor los arcoiris, a través de otras piedras
perforadas por la caries del espanto.
Pétreos conjuntos que pudieron ser nubes de ocaso,
agua encharcada, almacén de los suburbios del barro,
dolorosos destinos alterados de aquellos seres que amé.
Se inclina el maniquí sobre el agua como espejo,
se ajusta el viejo morrión robado a un amante y llora.
Sus pequeñas lágrimas, aceitosas de carmín,
son como gotas de sangre que iluminan el charco y sus aledaños.
Mi querido y esbelto maniquí: yo te creé en noches solitarias,
esbelto y querido maniquí, mi obra ausente como si fueses mi alma,
maniquí, retrato mío sobre las aguas fétidas,
es la hora del último tranvía, volvamos a la noche de nuestro común suicidio,
aquella noche -la única- en que la muerte nos hizo uno y felices.
Cómo me afectan ya las veleidades de ciertas miradas de estatuas,
irrisorias en su patética seriedad de generales de plomo.
Las risas; necesito vuestras risas de muñecas de viento lunar,
dejadme que os acune sobre el precipicio horrísono, dejadme,
ya que no puedo pasearme entre los fláccidos pedestales que os adornan.
Las risas arrancadas entre mis dientes podridos y sin destellos,
aquellas que os entregué mientras sonaba la marcha nupcial
de los faunos y sus ninfas en los jardines secretos de Etiopía,
devolvedme mis risas y sus ecos sincopados.
Muñecas, pronto seréis maniquíes esbeltos, mi harén definitivo
y, pacientes, recogeréis mis virilidades dispersas por el letal siroco
como simientes ineficaces de nuevos poemas, fuegos fatuos sin cadáver .
Mi rostro, junto al vuestro, adornará los fondos de los charcos tras la lluvia.
Ilust.: S/T.- Zdzislaw Beksinski.
(Premonición de la muerte)
Ya soy la piedra que en su propio ser se disuelve
transida por los livianos vuelos de mariposas doradas.
Ya soy la debilidad de los charcos tras la lluvia
que respiran sin temor los arcoiris, a través de otras piedras
perforadas por la caries del espanto.
Pétreos conjuntos que pudieron ser nubes de ocaso,
agua encharcada, almacén de los suburbios del barro,
dolorosos destinos alterados de aquellos seres que amé.
Se inclina el maniquí sobre el agua como espejo,
se ajusta el viejo morrión robado a un amante y llora.
Sus pequeñas lágrimas, aceitosas de carmín,
son como gotas de sangre que iluminan el charco y sus aledaños.
Mi querido y esbelto maniquí: yo te creé en noches solitarias,
esbelto y querido maniquí, mi obra ausente como si fueses mi alma,
maniquí, retrato mío sobre las aguas fétidas,
es la hora del último tranvía, volvamos a la noche de nuestro común suicidio,
aquella noche -la única- en que la muerte nos hizo uno y felices.
Cómo me afectan ya las veleidades de ciertas miradas de estatuas,
irrisorias en su patética seriedad de generales de plomo.
Las risas; necesito vuestras risas de muñecas de viento lunar,
dejadme que os acune sobre el precipicio horrísono, dejadme,
ya que no puedo pasearme entre los fláccidos pedestales que os adornan.
Las risas arrancadas entre mis dientes podridos y sin destellos,
aquellas que os entregué mientras sonaba la marcha nupcial
de los faunos y sus ninfas en los jardines secretos de Etiopía,
devolvedme mis risas y sus ecos sincopados.
Muñecas, pronto seréis maniquíes esbeltos, mi harén definitivo
y, pacientes, recogeréis mis virilidades dispersas por el letal siroco
como simientes ineficaces de nuevos poemas, fuegos fatuos sin cadáver .
Mi rostro, junto al vuestro, adornará los fondos de los charcos tras la lluvia.
Ilust.: S/T.- Zdzislaw Beksinski.
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