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Ciertos Hombres

Bender Carvajal

Poeta recién llegado
Ciertos hombres estamos tallados
de orgullo intransigente,
parecemos inquebrantables
y que la insensibilidad nos corre
como glóbulos por las venas,
que tenemos el alma disgregada,
que nada nos duele y nada nos toca;
parecemos hechos a mil quinientos grados
y fundidos sobre roca inerte,
parecemos esculpidos
con el mazo flemático
de un Dios que no nos visita
tan a menudo como quisiéramos.
A ciertos hombres nos miran
con desdén por el prejuicio
de nuestra fuerza,
pasan a la sombra de nuestras vidas
que suponen indestructibles
y nos fotografían como monumentos
a la indolencia, como evasores
de la humanidad que sufre.
Imaginan que no nos duele
el dardo del tiempo que hora tras hora
va construyendo el desamor.
Nos evitan cual si fuéramos
desprovistos de corazones,
temen a las puertas giratorias
de nuestro pecho de puerto matutino
y desembarcan con incienso
bajo las mangas de los ojos
que nos miran con desconfianza;
estamos estigmatizados
por la incredulidad imprudente
de aquellas que abordan el amor
sin fecha de retorno,
no tenemos, dicen, el coraje
de los aviones comunes
que migran ilusos hacia el norte
por haber tenido el aeropuerto
congestionado de pasajeras en tránsito.
A ciertos hombres nos adelanta el sonambulismo,
somos invierno los trescientos sesenta y cinco
años de un día,
y si nos cultivan en veranos
desollados de piel viva, y de aromas y sabores,
nos cosechan en otoños
como un precipicio que ni siquiera imaginan
cuánto nos duele;
hombres con el derecho privado
del duelo y el luto,
hombres desestimados del albedrío
con el que ciertos órganos se desechan
como cristales rotos y oculares por las noches
de vastedad con futuros calcinados.
La inmortalidad nos hace libres, piensan.

A ciertos hombres no nos llega el tiempo nunca,
estamos hechos de frialdad eterna,
no padecemos el hambre en el pecho,
no nos tiembla el alma,
creen que carecemos del fuego arterial
que incinera la contorsión de los labios.
No imaginan la panacea del olvido
con que vivimos en concubinato,
y el olvido es el engaño de los ciegos.
El olvido no tiene raza, pero discrimina.

Hay que ser lo que se ama
y matar dentro todo el amor que se tuviere,
para que el vidrio cortando la vena
no deje rastros de una vida
cuajada en la dolencia de que no te amen.

Ciertos hombres no tenemos el derecho
de compararnos y confundirnos
entre quienes aman con todo el amor de toda la vida,
porque a ciertos hombres nos miran
como roca fundida a mil quinientos grados
donde reposan las hienas
de nuestra propia indisciplina de no amar
como el resto de los mortales aman.
 
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