Octaviano Mundo
Poeta recién llegado
El amor, es santuario en la inocencia;
un préstamo divino hacia el infante.
Celeste; cristalino de pureza.
Y el alma; en pleitesía, deseante,
lo acepta entre las manos que le engendran;
y torna en elevada consecuencia,
la vida, como el hecho de un amante;
amar, como emerger en la existencia.
Y busca por la tierra esa consciencia,
aquel rojo canal, que galopante;
cortado ese jirón de la belleza,
abierto en una llaga, halla constante.
Raíz angelical; que entre maleza,
no tuerza aquella sombra de gigantes.
Ya jóven corazón, sin la certeza...
Y el tiempo; pantanal para elefantes,
lo inyecta en el dolor como vivienda;
erguida en el rescoldo de un sagrario.
Un oro negro; otrora, que brillante,
no alcanza a dar valor destinatario.
Y el alba, como un ávido cometa,
fugaz; ante la llama, ya distante,
desprende un estertor: Luna completa.
Madura, en un desierto; que cuajante,
congela la esperanza en la ventisca.
Y bajo su iceberg; intimidante,
la noche, en el océano hace un prisma;
abismo, ante el cegado caminante.
Entonces, la locura es una musa;
certero es el morir. Y aquel instante,
el ánima a sí sola, hace reclusa.
O libre; si es que amando, aún ve adelante.
un préstamo divino hacia el infante.
Celeste; cristalino de pureza.
Y el alma; en pleitesía, deseante,
lo acepta entre las manos que le engendran;
y torna en elevada consecuencia,
la vida, como el hecho de un amante;
amar, como emerger en la existencia.
Y busca por la tierra esa consciencia,
aquel rojo canal, que galopante;
cortado ese jirón de la belleza,
abierto en una llaga, halla constante.
Raíz angelical; que entre maleza,
no tuerza aquella sombra de gigantes.
Ya jóven corazón, sin la certeza...
Y el tiempo; pantanal para elefantes,
lo inyecta en el dolor como vivienda;
erguida en el rescoldo de un sagrario.
Un oro negro; otrora, que brillante,
no alcanza a dar valor destinatario.
Y el alba, como un ávido cometa,
fugaz; ante la llama, ya distante,
desprende un estertor: Luna completa.
Madura, en un desierto; que cuajante,
congela la esperanza en la ventisca.
Y bajo su iceberg; intimidante,
la noche, en el océano hace un prisma;
abismo, ante el cegado caminante.
Entonces, la locura es una musa;
certero es el morir. Y aquel instante,
el ánima a sí sola, hace reclusa.
O libre; si es que amando, aún ve adelante.
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