Marcelo Pavón Suárez
Vasto
Una tarde como ésta
me cerraron el corazón…
Del bolsillo de la camisa
me sobresalía un pedazo de cinta
roja y blanca
que decía “clausurado”.
Ella me miró y torció el cuerpo
en dirección al adiós,
puso las manos en los bolsillos
de la campera
para que no le vea la sangre
de su llanto a solas,
giró la cabeza
y el último árbol de la calle
le atravesó el cuerpo.
No quiso mirarme
aunque la inundación
se le asomaba
a los dinteles oculares…
No había indicios de lluvia ese día
pero igual sentí
el olor a tierra mojada
cuando la pronta distancia
le arañó las mejillas.
Luego se fue…
Apagándose la sonrisa a manotazos
y dejándome a oscuras de mí.
El corazón clausurado
como la casa de las putas
en la calle Ramón y Cajal,
con las puertas hechas girones,
con los últimos ruidos residuales
de los últimos clientes
de la última bocanada
de noche prófuga y adúltera
y mi corazón adulterado
por el agua de su alma.
Allí mismo morí,
maldije
y blasfemé al último dios
de la última torre,
de la última antena
donde se posaron
las últimas sombras
de mis palomas
resignadas,
SOLitarias,
LUNAitarias,
despojadas de nosotros
que ya no podíamos volar…juntos.