Antonio González
Poeta recién llegado
Obnubilado por el refulgir de las volutas
miro el fuego que en el hogar arde.
Pienso sólo en eso, en como vuelan y cruzan
entre suelo y cielo, surcando el aire.
Y siguiendo la corriente las veo marchar
hacia ignotos lugares inopinados,
dando vueltas en el humo sin parar,
negreando al subir más y más alto.
Aquéllos amaneceres de madera y fuego,
en la oscuridad de la noche alargan las sombras,
ardiendo profusamente para parar luego,
convirtiéndose en cenizas cuando la luz se ahoga.
Qué hipnotismo provoca el espectáculo,
qué reacción cuando por fin se agota:
uno se da cuenta de que cual animal incauto
no ha prestado atención a otra cosa.
Debe ser ésta una de las reminiscencias
que nos queda de nuestros ancestros,
que veían divinidad, coraje y fortaleza
en las formas, que caprichosas, adopta el fuego.
Eso mismo me sucede, cuando te miro a los ojos
y veo en ellos las llamas de la pasión que contienen;
y al fijarme en tus caderas, que al contonearse a su antojo,
de pura lujuria hasta el cielo a mí me mueven;
esas piernas torneadas, de longitud sobrehumana,
que parecen dos columnas de los templos otomanos,
al moverse me provocan y me llevan al Nirvana,
donde graciosas doncellas las perfilan con sus manos.
Esos labios coralinos, carnosos de pura miel...
¿quién los esculpió en tu rostro para hacerme enloquecer?,
¿cómo pudo haber tallado el coral con el cincel
y en tu cara colocado esa puerta al Edén?.
Esos pechos, esa cintura, ese cuello, esa tez
Cuando te miro veo el fuego ardiendo aquel
que a todos hipnotiza y aterra a la misma vez;
pues no puedes tocarlo, pero tampoco vivir sin él.
Y sé que si me acerco y te toco, abrasado pereceré.
Pero prefiero en voluta trocarme, que no poder sentir tu ser,
pues si de otra cosa sucumbiera, nunca me perdonaré
no haber tocado a la diosa que enamora todo mi ser.
miro el fuego que en el hogar arde.
Pienso sólo en eso, en como vuelan y cruzan
entre suelo y cielo, surcando el aire.
Y siguiendo la corriente las veo marchar
hacia ignotos lugares inopinados,
dando vueltas en el humo sin parar,
negreando al subir más y más alto.
Aquéllos amaneceres de madera y fuego,
en la oscuridad de la noche alargan las sombras,
ardiendo profusamente para parar luego,
convirtiéndose en cenizas cuando la luz se ahoga.
Qué hipnotismo provoca el espectáculo,
qué reacción cuando por fin se agota:
uno se da cuenta de que cual animal incauto
no ha prestado atención a otra cosa.
Debe ser ésta una de las reminiscencias
que nos queda de nuestros ancestros,
que veían divinidad, coraje y fortaleza
en las formas, que caprichosas, adopta el fuego.
Eso mismo me sucede, cuando te miro a los ojos
y veo en ellos las llamas de la pasión que contienen;
y al fijarme en tus caderas, que al contonearse a su antojo,
de pura lujuria hasta el cielo a mí me mueven;
esas piernas torneadas, de longitud sobrehumana,
que parecen dos columnas de los templos otomanos,
al moverse me provocan y me llevan al Nirvana,
donde graciosas doncellas las perfilan con sus manos.
Esos labios coralinos, carnosos de pura miel...
¿quién los esculpió en tu rostro para hacerme enloquecer?,
¿cómo pudo haber tallado el coral con el cincel
y en tu cara colocado esa puerta al Edén?.
Esos pechos, esa cintura, ese cuello, esa tez
Cuando te miro veo el fuego ardiendo aquel
que a todos hipnotiza y aterra a la misma vez;
pues no puedes tocarlo, pero tampoco vivir sin él.
Y sé que si me acerco y te toco, abrasado pereceré.
Pero prefiero en voluta trocarme, que no poder sentir tu ser,
pues si de otra cosa sucumbiera, nunca me perdonaré
no haber tocado a la diosa que enamora todo mi ser.