buzorangel
Poeta recién llegado
No es lo que fuiste sino lo que simbolizaste mujer de engranes de hierro,
mujer del alma como la espada, mujer de los mil vientres, de las mil verdades.
Te fuiste y quedo yo para erigir mis huesos de entre las sombras
y seguir con esta cacería de sueños, con esta primavera prisionera.
Te fuiste. Que Dios te bendiga. Me quedo yo con el recuerdo que hiere como hierro ardiente.
Que la luna te siga los pasos, que los lobos ahuyenten tus malos sueños,
que la montaña cobije tu esperanza y que la luz del día ilumine tu ojos de luto,
aunque mis besos no se encuentren con los tuyos como bandadas de estrellas
y mis manos no se amolden a tus ansias.
Desde el añejo y apoteósico destierro no hay nada, sólo Yo, ¡con eso me basta!
mujer del alma como la espada, mujer de los mil vientres, de las mil verdades.
Te fuiste y quedo yo para erigir mis huesos de entre las sombras
y seguir con esta cacería de sueños, con esta primavera prisionera.
Te fuiste. Que Dios te bendiga. Me quedo yo con el recuerdo que hiere como hierro ardiente.
Que la luna te siga los pasos, que los lobos ahuyenten tus malos sueños,
que la montaña cobije tu esperanza y que la luz del día ilumine tu ojos de luto,
aunque mis besos no se encuentren con los tuyos como bandadas de estrellas
y mis manos no se amolden a tus ansias.
Desde el añejo y apoteósico destierro no hay nada, sólo Yo, ¡con eso me basta!
Te derrameste en mi vida como la savia en los pinos,
te quemaste en mi lengua, te transformaste en mis brazos en la serpiente del árbol.
Y con la cara misma de la lascivia te revolviste en mi piel mezclándote hasta el cansancio.
Estío prematuro, cáncer de mi alma, muerte que respira y que vibra en mis horas y en mis días. Te extraño.
No estás más. No está la hora mítica del encanto del beso
y no volverá porque no quieres, porque yo ya no quiero.
Pero aún te tengo cerca como la tóxica materia evanescente de los sentidos.
Y después de tanto y tan poco, tú sigues conmigo sin estarlo.
Desde el destierro, apóstata de tu cuerpo, quedo sólo yo... ¡con eso me basta!
te quemaste en mi lengua, te transformaste en mis brazos en la serpiente del árbol.
Y con la cara misma de la lascivia te revolviste en mi piel mezclándote hasta el cansancio.
Estío prematuro, cáncer de mi alma, muerte que respira y que vibra en mis horas y en mis días. Te extraño.
No estás más. No está la hora mítica del encanto del beso
y no volverá porque no quieres, porque yo ya no quiero.
Pero aún te tengo cerca como la tóxica materia evanescente de los sentidos.
Y después de tanto y tan poco, tú sigues conmigo sin estarlo.
Desde el destierro, apóstata de tu cuerpo, quedo sólo yo... ¡con eso me basta!
Juan José Y. Buzo Rangel 04/01/10
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