Sacredness
Poeta recién llegado
III
Escucho voces, escucho Muerte y Sufrir
Escucho el Dolor, y el Terror que avecina el Abismo arcano,
el cual vaticinó de antaño el Fin.
Terror.
Palabra maldita. Preso me hallo en ella.
Prendióse del existir mismo.
Propio. Vivir.
Esclavas mis palabras, las cuales yacen manchando,
Profanando este inocente papel, preso de tu falaz querer.
Tu culpa no fue, fue la mía el sin saber.
Tú Humanidad me encontró, cuando sin rumbo se hallaba.
El Dolor hoy embarga mi dulce lecho,
Convertido en una cama de espinas
Que ya no duelen, que ya no...
El corazón de no palpitar exangüe agoniza.
Hasta el morir me aborrece, que con su aletargado crespón
Sucumbió a mí.
Insensible al Sentir. El frio escozor corroyendo mis huesos
Detúvose hasta los tuétanos, cuando a morir aprendí.
¿Para qué he de escribir?
¿Cual ha de ser el objeto de mi escritura, si ya ni de eso compendie mi voluntad, menos mi cordura?
¿Alguien habrá de ayudarme?
Sordo yace el Cielo llano desde antaño; Impugnando creencias,
Confutando plegarias.
Ironía la Iglesia.
Ironía lo Sacro.
Si el corazón no late en este pecho de carne y,
Si el amor en mí no ha de sucumbir razón establecida,
Tiñóse fútil mi existir.
Si de nada importan estas letras que profanando esta prosa marchitan,
Ni siquiera ha de importar lo que alguna vez musitó,
Esta desventurada boca.
Quizás nadie nunca escuchó.
Quizá este hombre nunca existió,
Y aún así con su recuerdo en la espera feneció,
Y el ósculo de la muerte, sin nacer tristemente eclipsó.
Escucho voces, escucho Muerte y Sufrir
Escucho el Dolor, y el Terror que avecina el Abismo arcano,
el cual vaticinó de antaño el Fin.
Terror.
Palabra maldita. Preso me hallo en ella.
Prendióse del existir mismo.
Propio. Vivir.
Esclavas mis palabras, las cuales yacen manchando,
Profanando este inocente papel, preso de tu falaz querer.
Tu culpa no fue, fue la mía el sin saber.
Tú Humanidad me encontró, cuando sin rumbo se hallaba.
El Dolor hoy embarga mi dulce lecho,
Convertido en una cama de espinas
Que ya no duelen, que ya no...
El corazón de no palpitar exangüe agoniza.
Hasta el morir me aborrece, que con su aletargado crespón
Sucumbió a mí.
Insensible al Sentir. El frio escozor corroyendo mis huesos
Detúvose hasta los tuétanos, cuando a morir aprendí.
¿Para qué he de escribir?
¿Cual ha de ser el objeto de mi escritura, si ya ni de eso compendie mi voluntad, menos mi cordura?
¿Alguien habrá de ayudarme?
Sordo yace el Cielo llano desde antaño; Impugnando creencias,
Confutando plegarias.
Ironía la Iglesia.
Ironía lo Sacro.
Si el corazón no late en este pecho de carne y,
Si el amor en mí no ha de sucumbir razón establecida,
Tiñóse fútil mi existir.
Si de nada importan estas letras que profanando esta prosa marchitan,
Ni siquiera ha de importar lo que alguna vez musitó,
Esta desventurada boca.
Quizás nadie nunca escuchó.
Quizá este hombre nunca existió,
Y aún así con su recuerdo en la espera feneció,
Y el ósculo de la muerte, sin nacer tristemente eclipsó.
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