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Confesiones de una inofensiva alimaña cafkiana

Anna Politkóvskaya

Poeta fiel al portal
Cuando acaba la noche, siempre salgo
por su cloaca indigno como el acto de morir,
humillado igual que el muerto expuesto
a la obscena mirada de los vivos,
frío como la propia muerte, para ver
cómo el alba, con su juego de luces,
me escupe a la cara toda su belleza,
de la que huyo ocultándome
-así reaccionan las cucarachas-
en las sombras devoradoras
de luces, albas y colores.
Soy huraño, lo sé, pero también
una inofensiva alimaña kafkiana
que no desea el mal a nadie y mucho menos
a los parias que como yo somos
la inmensa mayoría, solo que a mí
la impotencia o la cobardía
no me dejan salir de mi propia jaula
mientras el miedo sea un óbice
para acallar metros y más metros
de mentiras o me impida ser
un grano de arena que ayude a arrancarle
la máscara de dignidad a la infamia.
Envidio a los que caen por la vida
y los admiro. Yo todavía tengo que aprender
a decir “no”, pero no vale un “no”
cualquiera. Ha de ser tan contundente
como el que lanzó Rubén Darío a los yankis.
Cuando tal hecho suceda, ya seré capaz
de quemar mis miedos y de matar
a las sabandijas del dolor. De momento
y hasta nuevo aviso no tengo derecho
a molestar y me voy con mi derrota
a otra parte y con mis cuatro paredes
de la locura a otra parte y con todo el dolor
acumulado en mi boca a otra parte, sin hacer ruido.
 
Última edición:
Cuando acaba la noche, siempre salgo
por su cloaca indigno como el acto de morir,
humillado igual que el muerto expuesto
a la obscena mirada de los vivos,
frío como la propia muerte, para ver
cómo el alba, con su juego de luces,
me escupe a la cara toda su belleza,
de la que huyo ocultándome
-así reaccionan las cucarachas-
en las sombras devoradoras
de luces, albas y colores.
Soy huraño, lo sé, pero también
una inofensiva alimaña kafkiana
que no desea el mal a nadie y mucho menos
a los parias que como yo somos
la inmensa mayoría, solo que a mí
la impotencia o la cobardía
no me dejan salir de mi propia jaula
mientras el miedo sea un óbice
para acallar metros y más metros
de mentiras o me impida ser
un grano de arena que ayude a arrancarle
la máscara de dignidad a la infamia.
Envidio a los que caen por la vida
y los admiro. Yo todavía tengo que aprender
a decir “no”, pero no vale un “no”
cualquiera. Ha de ser tan contundente
como el que lanzó Rubén Darío a los yankís.
Cuando tal hecho suceda, ya seré capaz
de quemar mis miedos y de matar
a las sabandijas del dolor. De momento
y hasta nuevo aviso no tengo derecho
a molestar y me voy con mi derrota
a otra parte y con mis cuatro paredes
de la locura a otra parte y con todo el dolor
acumulado en mi boca a otra parte, sin hacer ruido.
Quizás tu boca no haga ruido pero lo que escribes retumba y estremece.
Un beso, Anna.
 
humillado igual que el muerto expuesto /a la obscena mirada de los vivos, /frío como la propia muerte, para ver /cómo el alba, con su juego de luces, /me escupe a la cara toda su belleza,
Me recuerda tu texto, Anna, a alguno de los Poemas de la locura, de Hölderlin, aunque con trazos más sombríos si cabe. Desde luego la época y las circunstancias que nos han sido dadas para vivir propician esta visión pesimista de la sociedad. Pero también a través de la poesía podemos aportar claridad y color a la existencia. Anímate y únete al coro de los que cantan alegres canciones de goliardos. Un abrazo,
miguel
 
Cuando acaba la noche, siempre salgo
por su cloaca indigno como el acto de morir,
humillado igual que el muerto expuesto
a la obscena mirada de los vivos,
frío como la propia muerte, para ver
cómo el alba, con su juego de luces,
me escupe a la cara toda su belleza,
de la que huyo ocultándome
-así reaccionan las cucarachas-
en las sombras devoradoras
de luces, albas y colores.
Soy huraño, lo sé, pero también
una inofensiva alimaña kafkiana
que no desea el mal a nadie y mucho menos
a los parias que como yo somos
la inmensa mayoría, solo que a mí
la impotencia o la cobardía
no me dejan salir de mi propia jaula
mientras el miedo sea un óbice
para acallar metros y más metros
de mentiras o me impida ser
un grano de arena que ayude a arrancarle
la máscara de dignidad a la infamia.
Envidio a los que caen por la vida
y los admiro. Yo todavía tengo que aprender
a decir “no”, pero no vale un “no”
cualquiera. Ha de ser tan contundente
como el que lanzó Rubén Darío a los yankis.
Cuando tal hecho suceda, ya seré capaz
de quemar mis miedos y de matar
a las sabandijas del dolor. De momento
y hasta nuevo aviso no tengo derecho
a molestar y me voy con mi derrota
a otra parte y con mis cuatro paredes
de la locura a otra parte y con todo el dolor
acumulado en mi boca a otra parte, sin hacer ruido.

Claridad unica para salir de ese pesimismo existencial que nos desborda
en nuestros entornos. sentir la incertidumbre en ese papel donde la
la sagaz locura puesde disponer de los sombrio para sentir el
papel definitivo de otras busquedas. me gusto mucho.
saludos amables de luzyabsenta
 

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