Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Reconozco el asir de tus caderas,
por las manos de un viejo remolino,
y el resplandor de las estrellas,
por la ciencia, a través de los sentidos.
Recuerdo algunos instantes calvos
que reflejan el tiempo desvalido,
peliagudos.
Cuando solo me centraba en el miedo,
y me crecían pelos en la lengua,
lagunas en la mente,
de lo que fui.
Y me ahogaba y remaba en dirección opuesta.
Reuní ruinas de cada pensamiento.
Unifiqué los puntos cardinales y los cuatro vientos.
Y el resultado fue apoteósico.
Quise:
Complaceros a todos.
Cambiar el mundo.
No hay nada que buscar, me decía.
Y quizá tuviera razón.
Quise no querer nada.
También no necesitar nada.
Y ahora:
No me pregunto lo que piensas.
Sé a medias lo que quiero.
Pero no puedo decirlo.
Quiero que nadie sepa que necesito viajar.
Pero al pasado.
Aunque fueran pamplinas, tus ojos.
Quiero también:
Regresar y volver al futuro, aquí, oliendo a nuevo.
por las manos de un viejo remolino,
y el resplandor de las estrellas,
por la ciencia, a través de los sentidos.
Recuerdo algunos instantes calvos
que reflejan el tiempo desvalido,
peliagudos.
Cuando solo me centraba en el miedo,
y me crecían pelos en la lengua,
lagunas en la mente,
de lo que fui.
Y me ahogaba y remaba en dirección opuesta.
Reuní ruinas de cada pensamiento.
Unifiqué los puntos cardinales y los cuatro vientos.
Y el resultado fue apoteósico.
Quise:
Complaceros a todos.
Cambiar el mundo.
No hay nada que buscar, me decía.
Y quizá tuviera razón.
Quise no querer nada.
También no necesitar nada.
Y ahora:
No me pregunto lo que piensas.
Sé a medias lo que quiero.
Pero no puedo decirlo.
Quiero que nadie sepa que necesito viajar.
Pero al pasado.
Aunque fueran pamplinas, tus ojos.
Quiero también:
Regresar y volver al futuro, aquí, oliendo a nuevo.