Sergi Siré
Poeta asiduo al portal
Corazón condenado a la horca
(recomiendo "Streets of Philadelphia" de fondo)
El corazón empujado desde la banqueta de roble
que le acerca a una soga de cuerda trenzada,
repasa mentalmente errores y notas subrayadas
como posties en un ordenador mientras camina hacia la luz.
En su caminar recuerda que algún día, en algún recoveco
en el oasis baldío de su absurda vida fue capaz de llorar,
en tanto que suspira un último deseo ahora que se ve cerca del cielo
estándo a tan sólo unos delicadamente colocados centímetros del suelo.
El corazón trató de salir de su jaula de músculos, piel y huesos
y se hizo a la mar de dudas en un cayuco tallado a mano,
en momentos como aquellos supo, y así lo reconoció en su repaso mental,
hallarse a sí mismo valiente y capacitado para alzar la mano fue nombrado.
El corazón, mi ser interior, el octavo pasajero de mi prisión orgánica,
me confesó los delitos que le llevaron en volandas hasta su condena;
mas resultó que siendo éste corazón no supo de qué diablos hacer tripas
y en su balboceo escogió la pastilla morada haciendo de corazón entrañas.
Mientras lo arcángeles bordaban con hilo dorado las iniciales
de mi corazón sobre sus adquiridas alas de recién matado,
lamenta que en su caminar algún día, en algún recoveco del tiempo,
haberse atrevido a dejar de sentir, de latir, de palpitar para ser uno más.
(recomiendo "Streets of Philadelphia" de fondo)
El corazón empujado desde la banqueta de roble
que le acerca a una soga de cuerda trenzada,
repasa mentalmente errores y notas subrayadas
como posties en un ordenador mientras camina hacia la luz.
En su caminar recuerda que algún día, en algún recoveco
en el oasis baldío de su absurda vida fue capaz de llorar,
en tanto que suspira un último deseo ahora que se ve cerca del cielo
estándo a tan sólo unos delicadamente colocados centímetros del suelo.
El corazón trató de salir de su jaula de músculos, piel y huesos
y se hizo a la mar de dudas en un cayuco tallado a mano,
en momentos como aquellos supo, y así lo reconoció en su repaso mental,
hallarse a sí mismo valiente y capacitado para alzar la mano fue nombrado.
El corazón, mi ser interior, el octavo pasajero de mi prisión orgánica,
me confesó los delitos que le llevaron en volandas hasta su condena;
mas resultó que siendo éste corazón no supo de qué diablos hacer tripas
y en su balboceo escogió la pastilla morada haciendo de corazón entrañas.
Mientras lo arcángeles bordaban con hilo dorado las iniciales
de mi corazón sobre sus adquiridas alas de recién matado,
lamenta que en su caminar algún día, en algún recoveco del tiempo,
haberse atrevido a dejar de sentir, de latir, de palpitar para ser uno más.