Corazón de metal
Arribé un día de invierno,
cuando la grisura renace,
tiñendo todo de frío y escarcha.
Cuando el cielo se aísla entre nubes,
y parece que no amanece.
Cuando se nos censuran ocasos,
se exilian estrellas
y la luz no aparece.
Cuando el frío nos inunda,
la lluvia nos riega
y el calor se agradece.
Llegué tapada en cuerpo y alma,
persuadiendo al gélido frío
que traspasaba fronteras,
que helaba hasta el hastío.
Mostrando solo los ojos,
espejos del alma, delatores,
pedí con pudor cobijo,
protección, refugio...
hasta débil abrigo.
Y en un suspiro, a borbotones,
lo gris se inundó de colores.
Irrumpí un día sin avisar,
recuperando el calor necesario,
rozando la felicidad...
gozando a diario.
La pasión me desbordó,
la entrega me atemorizó,
¡tanta dicha no me pertenece!
Traspasé con alevosía el umbral.
Inundé de oscuridad nuestra amistad.
Destruí nuestro albergue emocional.
Descubrí mi corazón de metal.
Lloré hasta vaciarme,
me desprecié,
me doblegué,
me condené...
A golpe de verdad,
transformé en calor la frialdad,
de un corazón aún latente.
Y en un acto penitente,
con el corazón convalesciente,
volví a mi soledad invernal.
Ya en la puerta agradecí,
que el detector que se alzaba ante mi
no pudiera escrutar mi interior,
y descubrirme profundamente vacía.
rota... sin color.
Un agujero negro y desolador,
horadado a golpe de tristeza
acompañaba mi corazón.
Y aunque temí lo peor,
por suerte... el detector no sonó.
Arribé un día de invierno,
cuando la grisura renace,
tiñendo todo de frío y escarcha.
Cuando el cielo se aísla entre nubes,
y parece que no amanece.
Cuando se nos censuran ocasos,
se exilian estrellas
y la luz no aparece.
Cuando el frío nos inunda,
la lluvia nos riega
y el calor se agradece.
Llegué tapada en cuerpo y alma,
persuadiendo al gélido frío
que traspasaba fronteras,
que helaba hasta el hastío.
Mostrando solo los ojos,
espejos del alma, delatores,
pedí con pudor cobijo,
protección, refugio...
hasta débil abrigo.
Y en un suspiro, a borbotones,
lo gris se inundó de colores.
Irrumpí un día sin avisar,
recuperando el calor necesario,
rozando la felicidad...
gozando a diario.
La pasión me desbordó,
la entrega me atemorizó,
¡tanta dicha no me pertenece!
Traspasé con alevosía el umbral.
Inundé de oscuridad nuestra amistad.
Destruí nuestro albergue emocional.
Descubrí mi corazón de metal.
Lloré hasta vaciarme,
me desprecié,
me doblegué,
me condené...
A golpe de verdad,
transformé en calor la frialdad,
de un corazón aún latente.
Y en un acto penitente,
con el corazón convalesciente,
volví a mi soledad invernal.
Ya en la puerta agradecí,
que el detector que se alzaba ante mi
no pudiera escrutar mi interior,
y descubrirme profundamente vacía.
rota... sin color.
Un agujero negro y desolador,
horadado a golpe de tristeza
acompañaba mi corazón.
Y aunque temí lo peor,
por suerte... el detector no sonó.