Me acerqué y la vi llorando. Tal vez le rompieron el corazón y no aguantó. La consolaba y no podía hacer otra cosa más que eso. A mí también me habían roto el corazón, pero lo superé. Ella estaba sentada en el parque un buen rato. Al principio se la veía pensativa y meditabunda. Yo estaba en el parque porque quería relajarme y desestresarme. Los niños corrían y los adultos charlaban. Caminaba por el parque de un lado a otro, como buscando comodidad. Era una tarde preciosa de primavera los pájaros volaban y trinaban, el sol alumbraba espléndidamente. Hasta que la vi sentada sola en una banca. Me llamó la atención. Camine hacia ella. Cabizbaja y ensimismada estaba llorando. “¿Por qué lloras?”, le dije. “Y todavía lo preguntas”, me contestó. Y tenía razón. Yo era el que le había roto el corazón.