El amor respira sueño.
El tiempo se desordena, el espacio se curva,
y, en medio del caos perfecto,
aparece una figura inquietante:
La persistencia del amor.
Este acto es nacimiento y muerte,
aún tiene forma, tacto y reflejo.
Pero ya presiente su condición finita:
como una eternidad que puede apagarse.
Aquí el cuadro se torna más crepuscular.
El amor se mezcla, deshace e inmola.
El amor ama pero también adolece.
Y entonces, herido, intenta huir del tiempo.
El sueño lo retiene.
Cada momento se convierte en frontera
entre lo que fue y lo que permanece,
entre el fuego y la ceniza.
De aquí en más ya no necesita forma,
ni cuerpo, ni palabras, ni nombre.
Ha cruzado el umbral de la materia:
solo queda su respiración invisible.
Ahora el amor es una presencia
que no existe en ningún sueño,
una luz que no se ve pero que ilumina:
Vive en la ausencia y desde allí perdura.
El tiempo se desordena, el espacio se curva,
y, en medio del caos perfecto,
aparece una figura inquietante:
La persistencia del amor.
Este acto es nacimiento y muerte,
aún tiene forma, tacto y reflejo.
Pero ya presiente su condición finita:
como una eternidad que puede apagarse.
Aquí el cuadro se torna más crepuscular.
El amor se mezcla, deshace e inmola.
El amor ama pero también adolece.
Y entonces, herido, intenta huir del tiempo.
El sueño lo retiene.
Cada momento se convierte en frontera
entre lo que fue y lo que permanece,
entre el fuego y la ceniza.
De aquí en más ya no necesita forma,
ni cuerpo, ni palabras, ni nombre.
Ha cruzado el umbral de la materia:
solo queda su respiración invisible.
Ahora el amor es una presencia
que no existe en ningún sueño,
una luz que no se ve pero que ilumina:
Vive en la ausencia y desde allí perdura.
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