sergio Bermúdez
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando el mundo murió en la tierra,
se detuvo el tiempo
entre los algodones
de las nubes,
así se quedó
en la confusión
de las almas que profetizaban
el adiós de un cuerpo celeste
que transportaba a la gente
entre tierras y océanos.
El adiós se compuso
como el fuego se expuso
en las esposas
que quedaron en cenizas
bajo las miradas
de los pobres
maldecidos
que quedaron en la tierra
en un profundo abismo
de tristeza
que cayó en el
mismo mundo.
La tierra generó un éxtasis
quedando apartada
del último grito
hasta descoser
a las cuerdas vocales
del viento.
La inmensidad de cada
luz que quiso ser una fugaz lágrima
entre el acostado día
en las penumbras avanzadas
entre cada roca agonizada,
entre el adiós que quedó
en el estafado mundo,
donde penetraba la rima
cuando quiso ser poema,
pero el mundo murió en
su propio mundo,
allí donde las lágrimas
son raíces del universo,
calentando en cada puente
de los hemisferios
cada presa vendida
a su triste recuerdo,
allí donde las gotas son
las más que crujientes
turbulencias
de llevar al mar a la tierra
y a la tierra al mar
y en dónde todo fue
un eclipse
que quedó
entre la metamorfosis
de no saber
que quiso decir
el mundo
cuando murió
en su propio nombre
hasta quedar desvinculado
de la palabra amarse.
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