Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando meneas tu trasero, el suelo se parte,
las horas se disuelven en un tamborileo mudo,
todo lo que sé se va por la ventana abierta
y quedo, torpe, con un solo pensamiento: tú.
No es solo el vaivén, el ritmo que marca el aire,
es el universo que reescribes con tu andar,
como si cada paso fuera una bomba en mi pecho
y cada giro, un terremoto que no puedo esquivar.
Intento hablar, pero las palabras se caen,
se deslizan entre tus curvas como hojas al viento,
y me quedo desnudo en mi propia torpeza,
consciente de que no hay remedio ni salvación.
El café se enfría en la mesa mientras miras al frente,
ajena al caos que desatas en mi pecho marchito,
y pienso que tal vez sería más fácil cerrar los ojos,
pero, ¿quién puede? Si el desastre eres tú.
Cuando meneas tu trasero, los edificios tiemblan,
los semáforos parpadean, confundidos,
y yo, naufragando en esta tormenta silenciosa,
me doy cuenta de que no hay refugio, solo el abismo.
Porque el mundo ya no es mundo cuando caminas,
es una espiral que me arrastra sin tregua,
y aunque intento sujetarme a las esquinas del sentido,
todo lo que creía firme se desmorona sin piedad.
Así que sigue, menea tu trasero con la gracia de siempre,
deshaz mi mundo como lo haces, sin darte cuenta,
y yo, que ya no sé dónde termina la tierra y empieza el cielo,
seguiré cayendo, feliz, en este derrumbe inevitable.
las horas se disuelven en un tamborileo mudo,
todo lo que sé se va por la ventana abierta
y quedo, torpe, con un solo pensamiento: tú.
No es solo el vaivén, el ritmo que marca el aire,
es el universo que reescribes con tu andar,
como si cada paso fuera una bomba en mi pecho
y cada giro, un terremoto que no puedo esquivar.
Intento hablar, pero las palabras se caen,
se deslizan entre tus curvas como hojas al viento,
y me quedo desnudo en mi propia torpeza,
consciente de que no hay remedio ni salvación.
El café se enfría en la mesa mientras miras al frente,
ajena al caos que desatas en mi pecho marchito,
y pienso que tal vez sería más fácil cerrar los ojos,
pero, ¿quién puede? Si el desastre eres tú.
Cuando meneas tu trasero, los edificios tiemblan,
los semáforos parpadean, confundidos,
y yo, naufragando en esta tormenta silenciosa,
me doy cuenta de que no hay refugio, solo el abismo.
Porque el mundo ya no es mundo cuando caminas,
es una espiral que me arrastra sin tregua,
y aunque intento sujetarme a las esquinas del sentido,
todo lo que creía firme se desmorona sin piedad.
Así que sigue, menea tu trasero con la gracia de siempre,
deshaz mi mundo como lo haces, sin darte cuenta,
y yo, que ya no sé dónde termina la tierra y empieza el cielo,
seguiré cayendo, feliz, en este derrumbe inevitable.