Cris Cam
Poeta adicto al portal
De verte
Nunca sé donde estás.
Sé que estás.
No te veo
aunque estés.
Te veo meneándote en tu hamaca,
debajo de la glicina.
Bajo un sol verde
y la luna amarilla.
Te veo trepando los escalones de las Pirámides,
sentada en las ruinas de la Acrópolis.
Cierro mi viejo libro,
hojas quebradas de tiempo,
para buscarte.
Hago sonar la campana del patio,
por si estás,
escondida detrás de la cortina de la ducha.
Cierro los ojos
traigo tu imagen de sol interno,
corriendo la cortina,
arrancándote el toallón,
secándote las gotas del cuello,
con mi boca,
mis manos,
mi pecho.
Te saboreo,
te mastico,
te chupo...
arrojo el libro contra la pared,
cae en la pecera,
se lo devoran los peces,
(mal fin para un poema de Girondo)
y tu reclamo de acción de lo que nunca hice.
Te desdibujás tras el sahumerio
que me trae tu voluptuosa danza,
tenues humos grises.
Tomo el control,
hago zapping,
no hay señal.
Corro al patio,
la parabólica agredida
por un barrilete
y tres jilgueros.
Vuelvo vencido.
Me arrojo a la cama.
Soplo al techo,
se desprenden las guirnaldas de polvo.
Me cae tu imagen.
Me corta tu risa filosa.
Te reencuentro en la tarde de otoño.
Un ventarrón hace remolinos de hojas secas.
Me gritás desde el fondo de la casa.
Salgo a verte.
Estás leyendo un viejo libro;
historias fraudulentas,
plagios de vidas.
Estás ahí,
pero no estás.
Mejor me como un caramelo
y me atraganto con el celofán.
Yo solo buscaba eso,
un sol amarillo en el horizonte de la noche.
Trayendo dulces aromas de campo.
Volver.
Liberarse de las torturas de tu vientre.
Mientras los lobos aúllan de lujuria.
Creo haber escuchado algo de tu boca.
Te desgajaré las piernas,
te trituraré la piel,
hasta ver si detrás de tu lascivia,
queda algo de tu alma blanca.
No figura en tu libro la palabra paz.
La he buscado,
he inspeccionado todos tus pliegues,
he bebido todas tus heridas.
Creo que al fin descubro
que nunca estuviste.
Nunca sé donde estás.
Sé que estás.
No te veo
aunque estés.
Te veo meneándote en tu hamaca,
debajo de la glicina.
Bajo un sol verde
y la luna amarilla.
Te veo trepando los escalones de las Pirámides,
sentada en las ruinas de la Acrópolis.
Cierro mi viejo libro,
hojas quebradas de tiempo,
para buscarte.
Hago sonar la campana del patio,
por si estás,
escondida detrás de la cortina de la ducha.
Cierro los ojos
traigo tu imagen de sol interno,
corriendo la cortina,
arrancándote el toallón,
secándote las gotas del cuello,
con mi boca,
mis manos,
mi pecho.
Te saboreo,
te mastico,
te chupo...
arrojo el libro contra la pared,
cae en la pecera,
se lo devoran los peces,
(mal fin para un poema de Girondo)
y tu reclamo de acción de lo que nunca hice.
Te desdibujás tras el sahumerio
que me trae tu voluptuosa danza,
tenues humos grises.
Tomo el control,
hago zapping,
no hay señal.
Corro al patio,
la parabólica agredida
por un barrilete
y tres jilgueros.
Vuelvo vencido.
Me arrojo a la cama.
Soplo al techo,
se desprenden las guirnaldas de polvo.
Me cae tu imagen.
Me corta tu risa filosa.
Te reencuentro en la tarde de otoño.
Un ventarrón hace remolinos de hojas secas.
Me gritás desde el fondo de la casa.
Salgo a verte.
Estás leyendo un viejo libro;
historias fraudulentas,
plagios de vidas.
Estás ahí,
pero no estás.
Mejor me como un caramelo
y me atraganto con el celofán.
Yo solo buscaba eso,
un sol amarillo en el horizonte de la noche.
Trayendo dulces aromas de campo.
Volver.
Liberarse de las torturas de tu vientre.
Mientras los lobos aúllan de lujuria.
Creo haber escuchado algo de tu boca.
Te desgajaré las piernas,
te trituraré la piel,
hasta ver si detrás de tu lascivia,
queda algo de tu alma blanca.
No figura en tu libro la palabra paz.
La he buscado,
he inspeccionado todos tus pliegues,
he bebido todas tus heridas.
Creo que al fin descubro
que nunca estuviste.