Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
DECIDÍ
Decidí llamarte,
decidí colmarte de mis voces,
crecer de noche bajo tus alas de pechos,
cabello y muslos entrelazados entre estrellas y quejidos.
Decidí vengarme de la noche traicionera,
de aquélla que llegaría sin avisarte, sin darte tiempo
ni la tregua necesaria a tu ruego incansable,
tus llantos continuos,
a tu alegría,
a tu juventud en manos de otros.
Por eso te sorprendí en tus intentos por desesperarme,
por huir por los bosques de recuerdos,
por acantilados de sombras,
por las cornisas de los edificios que odio,
por las callejuelas sin sentido de las ciudades rodeadas de monstruos y gritos, sin posible escapatoria,
sin el armisticio de tus miradas, sin tregua.
Por eso te silencio con cien besos, con ventanas de ojos mudos,
tus manos repletas de reproches,
ventanas de llanto ensombrecido,
y por eso te dejo sola.
No vengas a rogarme por la clemencia de los cobardes,
no sientas pena por mis subterfugios de enamorado,
de sacrificado,
eres tú la que debe sentir temor,
horror, al descubrir que me amas,
que jamás lo habrías reconocido,
ni siquiera a ti misma.
No me ruegues la discordia de tus lágrimas repletas de recuerdos y voces.
Es una pena que puedas descubrir mis sentimientos,
mis delirios,
mira los tuyos,
de arrullos,
por lo menos dime que son por mí.
Eres la insaciable voz de mis sentidos,
la constante, la insaciable doncella.
Pero no puedes reconocerlo porque el pavor devora tu entraña,
y recién comienzo a recibir los estertores de tu cuerpo enardecido,
tu piel encendida y tus pechos altivos,
respirando corazones en todo sentido.
No sé por qué no te rindes en pleitesía a mis pasiones,
eres tú quien ha encendido los sentimientos que estaban en el exilio, apartadas de nubes, besos, caricias y quejidos.
Tú has sido responsable de esta guerra detenida,
de abrazos en ardores,
noches en eternidad, tú, sí,
tu constante rumor de mañanas.
Tú sacaste el velo blanco del ropero, y lo ensartaste en el corazón de mis costados.
Por esto te busco y buscaré para siempre,
con el alma doliente,
con un séquito de estertores hirientes,
Mi cuerpo explotará en tus aguas, mujer, niña mía.
Arropado en tu deseo por mí,
tu piel hará viajes fabulosos de la mano de las llamas que te consumen,
cuando estás conmigo.
Saluda al peregrino de la siembra, al forjador de los destinos,
el comienzo inacabado,
la muerte cierta,
el jardin de mis besos enamorados.
Saluda a ese hombre con el cual te vas,
aquél que surgió antes,
que te vio antes,
y que con seguridad,
hará feliz a tu corazón, tu alma y tus sentidos.
Nos veremos en otros vectores,
en otros cuadrantes,
dentro de muchos años,
y podré regalarte esa libertad que te negué hace años,
o sea,
hace hoy.
Decidí llamarte,
decidí colmarte de mis voces,
crecer de noche bajo tus alas de pechos,
cabello y muslos entrelazados entre estrellas y quejidos.
Decidí vengarme de la noche traicionera,
de aquélla que llegaría sin avisarte, sin darte tiempo
ni la tregua necesaria a tu ruego incansable,
tus llantos continuos,
a tu alegría,
a tu juventud en manos de otros.
Por eso te sorprendí en tus intentos por desesperarme,
por huir por los bosques de recuerdos,
por acantilados de sombras,
por las cornisas de los edificios que odio,
por las callejuelas sin sentido de las ciudades rodeadas de monstruos y gritos, sin posible escapatoria,
sin el armisticio de tus miradas, sin tregua.
Por eso te silencio con cien besos, con ventanas de ojos mudos,
tus manos repletas de reproches,
ventanas de llanto ensombrecido,
y por eso te dejo sola.
No vengas a rogarme por la clemencia de los cobardes,
no sientas pena por mis subterfugios de enamorado,
de sacrificado,
eres tú la que debe sentir temor,
horror, al descubrir que me amas,
que jamás lo habrías reconocido,
ni siquiera a ti misma.
No me ruegues la discordia de tus lágrimas repletas de recuerdos y voces.
Es una pena que puedas descubrir mis sentimientos,
mis delirios,
mira los tuyos,
de arrullos,
por lo menos dime que son por mí.
Eres la insaciable voz de mis sentidos,
la constante, la insaciable doncella.
Pero no puedes reconocerlo porque el pavor devora tu entraña,
y recién comienzo a recibir los estertores de tu cuerpo enardecido,
tu piel encendida y tus pechos altivos,
respirando corazones en todo sentido.
No sé por qué no te rindes en pleitesía a mis pasiones,
eres tú quien ha encendido los sentimientos que estaban en el exilio, apartadas de nubes, besos, caricias y quejidos.
Tú has sido responsable de esta guerra detenida,
de abrazos en ardores,
noches en eternidad, tú, sí,
tu constante rumor de mañanas.
Tú sacaste el velo blanco del ropero, y lo ensartaste en el corazón de mis costados.
Por esto te busco y buscaré para siempre,
con el alma doliente,
con un séquito de estertores hirientes,
Mi cuerpo explotará en tus aguas, mujer, niña mía.
Arropado en tu deseo por mí,
tu piel hará viajes fabulosos de la mano de las llamas que te consumen,
cuando estás conmigo.
Saluda al peregrino de la siembra, al forjador de los destinos,
el comienzo inacabado,
la muerte cierta,
el jardin de mis besos enamorados.
Saluda a ese hombre con el cual te vas,
aquél que surgió antes,
que te vio antes,
y que con seguridad,
hará feliz a tu corazón, tu alma y tus sentidos.
Nos veremos en otros vectores,
en otros cuadrantes,
dentro de muchos años,
y podré regalarte esa libertad que te negué hace años,
o sea,
hace hoy.
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