café en chernobyl
Poeta recién llegado
Dejé caer gotas en la laguna
Dejé a mi mujer
en una llamada telefónica
y un corazón crudo ahogado en leche.
Dejé mi viaje a Marte
y parte de mi inmortalidad.
Dejé los cubiertos y platos de plástico
y una caja vacía de cigarros.
Dejé una lira en el quiosco.
Mi espíritu sin rumbo y de corral
de chanchos es de lágrimas secas
como el barro después de 2000 años.
No soy poeta,
soy solo un alcohólico
que nunca amo la bebida,
un niño que siempre
quiso un abrazo de su madre.
Nunca pedí caleidoscopio
ni gotas chinas.
Las drogas son tan solo
paralizadoras eléctricas del tiempo
y los burdeles son solo muecas
como sonrisas.
Un brinco de edificio a edificio
es para evitar oír el
tráfico cada vez más fuerte
como peleas de
hombres grises y gente robot.
He vivido tan poco y
he vivido tanto que la
infancia es doble lacrimosa
por esa libertad de estirarse de
la cama y en bostezos parir la amnesia.
Lo vivido se disipa como aros de
volcán y no se detiene como
una bala perdida.
Vendí mi primera guitarra
y derroché el dinero en casinos de
minifalda y cachito la hora.
¿Dónde están mis amigos?
Dejé ir a mi única amiga
y está bien, correcto,
mis nervios eran sus cadenas
y sus cabellos eran a mí sogas
de suicida.
No éramos más que una combustión
húmeda de Urano,
un coito de vitrina. No podíamos
lamernos el falo como
hacen los perros o sentarnos
en la plaza como hacen los pobres.
Vendí mi skate y fui al cine.
Guardo el tiempo perdido en
un baúl y lo entierro
mientras estoy borracho.
He recorrido por el cataclismo, por mono
y por qué las losas
son un ajedrez de piezas desertoras
que si uno ve está desnudo
con los puños huesudos
y el estomago henchido
como un africano con tifoidea.
Yo lucho por algo instintivo,
pues la razón es una reja sobre
un catre de cadenas y el
romanticismo es celebrar una
fiesta con delincuentes.
He tenido mis bajones, como
subidas, un Sísifo sin más rueda
que la de velámenes que
mutan en servilletas y es mejor
llorar con las palmas abiertas.
No lloré con Beethoven
(hace tiempo que fue eso)
lloró con Nick Drake,
ojos de perro marrón,
un acorde.
¡Qué estocada al vampiro!,
una nube llorona
y un campo de hippies.
Se acerca Navidad y es solo
arquitectura de tecnoport.
Se respirará tristeza
por qué me siento mal, mal.
Dejé a mi mujer
para poder caminar.
Dejé a mi mujer
en una llamada telefónica
y un corazón crudo ahogado en leche.
Dejé mi viaje a Marte
y parte de mi inmortalidad.
Dejé los cubiertos y platos de plástico
y una caja vacía de cigarros.
Dejé una lira en el quiosco.
Mi espíritu sin rumbo y de corral
de chanchos es de lágrimas secas
como el barro después de 2000 años.
No soy poeta,
soy solo un alcohólico
que nunca amo la bebida,
un niño que siempre
quiso un abrazo de su madre.
Nunca pedí caleidoscopio
ni gotas chinas.
Las drogas son tan solo
paralizadoras eléctricas del tiempo
y los burdeles son solo muecas
como sonrisas.
Un brinco de edificio a edificio
es para evitar oír el
tráfico cada vez más fuerte
como peleas de
hombres grises y gente robot.
He vivido tan poco y
he vivido tanto que la
infancia es doble lacrimosa
por esa libertad de estirarse de
la cama y en bostezos parir la amnesia.
Lo vivido se disipa como aros de
volcán y no se detiene como
una bala perdida.
Vendí mi primera guitarra
y derroché el dinero en casinos de
minifalda y cachito la hora.
¿Dónde están mis amigos?
Dejé ir a mi única amiga
y está bien, correcto,
mis nervios eran sus cadenas
y sus cabellos eran a mí sogas
de suicida.
No éramos más que una combustión
húmeda de Urano,
un coito de vitrina. No podíamos
lamernos el falo como
hacen los perros o sentarnos
en la plaza como hacen los pobres.
Vendí mi skate y fui al cine.
Guardo el tiempo perdido en
un baúl y lo entierro
mientras estoy borracho.
He recorrido por el cataclismo, por mono
y por qué las losas
son un ajedrez de piezas desertoras
que si uno ve está desnudo
con los puños huesudos
y el estomago henchido
como un africano con tifoidea.
Yo lucho por algo instintivo,
pues la razón es una reja sobre
un catre de cadenas y el
romanticismo es celebrar una
fiesta con delincuentes.
He tenido mis bajones, como
subidas, un Sísifo sin más rueda
que la de velámenes que
mutan en servilletas y es mejor
llorar con las palmas abiertas.
No lloré con Beethoven
(hace tiempo que fue eso)
lloró con Nick Drake,
ojos de perro marrón,
un acorde.
¡Qué estocada al vampiro!,
una nube llorona
y un campo de hippies.
Se acerca Navidad y es solo
arquitectura de tecnoport.
Se respirará tristeza
por qué me siento mal, mal.
Dejé a mi mujer
para poder caminar.