Solo estaba ahí, en ese lugar,
callada.
Callada y observando al mundo pasar.
En silencio.
Miraba sus caras, oía sus voces
hablando todas juntas sin parar.
Y ella tan sólo callaba.
Callaba y observaba.
En aquella esquina
como si hubiese sido abandonada
pasaba el día sin decir palabra.
Tenía los ojos profundos
que guardaban miles de historias
y en su cara se reflejaba
una ternura falsa que escondía una mente insana.
Para resumir, cierto día
una anciana se conmovió
con su frágil cuerpecito de niña
se hincó hasta quedar a su altura
y con voz dulce le preguntó con ternura:
¿cuál es tu nombre querida?
la niña sólo miraba.
Miraba y callaba.
La anciana decidió entonces
llevarla hasta su casa sin reproches,
la alimentó y la vistió
la bañó y luego secó
le dió un nombre que le quedaba bonito,
le llamó Antonia en recuerdo de uno de sus sobrinos.
Antonia solía mirar
todas las cosas que a su lado podían pasar.
Pero nunca dijo palabra
en los 3 años que vivió con la anciana.
Un día -Fatídico día-
Antonia por la ventana brincó.
Corrió lejos, muy lejos
y la anciana detrás de ella corrió.
¡Antonia, hija!
¿Que pasa que estás huyendo?
¡Antonia, detente!
¿No ves que estoy muy vieja y ya no puedo?
Antonia se detuvo
hasta que la anciana la alcanzó
Antonia la mira fijamente
y la mirada de la anciana ennegreció
sólo se escuchó un grito lejano
una luz incipiente
una voz de demonio
un recuerdo insano...