Dentro

Ricardo López Castro

*Deuteronómico*
Quizá el hombre o el rumbo

vuelen dentro de mí

con la tenue distancia

entre estar junto a ti o atado a tu recuerdo,

ése que permanece olvidado

como un libro cubierto

de polvo,

o como un corazón latiendo latitudes

desangradas del cielo

cuando llueve,

cuando repiquetea el agua en los tejados,

cuando nubla la vista una lágrima envuelta en el cuaderno,


pero pliego mis hojas,

pero cierro mis ojos

para dejar que caiga,

para nacer al mundo

oxigenando el fuego

frío,

con luz tupida

y solidificada

e instruida en el arte de la aguja.


Y no alcanzo a coser el cielo con la tierra,

silbo mirando al suelo

como un viento cohibido,

curtido en los rincones de tu piel

donde el riesgo creó ese primer latido por amor,

donde el agua rompió

como un rayo oxidado mi tormento,

y yo siempre sabré que me enseñaste a deslumbrarme.


Ahora ya no busco,

ya tengo la mirada que se cierne

sobre las tempestades.


No camino perdido, de ti aprendí a mirar dentro de las estrellas.


Respiro cada aliento, contemplo cada día,

y recubre mi cuerpo y mis sentidos la flor de mi regreso

con el alma,

mientras la primavera ha tendido su manto

sobre cada ilusión y cada espejo.


Hoy me miro a los ojos y solo encuentro versos

hasta la infinitud de mi memoria.

Me examino profundamente,

cojo aire y lo exhalo,

como si cautivara

aún

nuestro amor marchito,

reanudo desde el vientre

un sendero de luces

que vierten los iguales del tiempo y la esperanza

transitados aún por el encanto,

y el canto de las piedras

rueda hasta mi garganta

con la que desatasco la eterna voz dormida

y como una ribera, permito que me inunde y me vacíe,

como si fuese un hueco entre el hombre y la historia,

y me ausento de mí, queda ya lejos

esa belleza llamada poesía,

y me cubro de besos del pasado,

esa belleza llamada poesía,

y me encuentro un sinfín de versos en mi boca

en la que penetraste sin tocarla,

en la que hacías mías tus palabras.


Y persigo mis pasos, como un sueño en la tarde,

y es al anochecer cuando entras en mi pecho,

como un ave valiente,

un murciélago solo para mi sombra y mis palabras.


Y allí encuentras la calma

que reposa en el cielo de mi piel,

una ventana al mundo sin cristal,

solo la transparencia

y el júbilo de ser el espejo de mí.


Mis huellas indelebles,

mi deseo es el pozo sin fondo donde cae tu moneda.


Me abro dentro de ti, te abres dentro de mí.

Y cuando se me olvida ponerle nombre al sol,

cae la noche,

como un grito dormido tú me cubres la luna.


Y ciegos de miradas,

y todo lo demás,

el alba nos desnuda

y amanecemos

profundamente nuestros.


Y tan profundamente que el sol baña la sombra.


Y llego a mi destino, al más puro latido…

Y late y late y late para siempre

porque tú lo has querido.
 
Quizá el hombre o el rumbo

vuelen dentro de mí

con la tenue distancia

entre estar junto a ti o atado a tu recuerdo,

ése que permanece olvidado

como un libro cubierto

de polvo,

o como un corazón latiendo latitudes

desangradas del cielo

cuando llueve,

cuando repiquetea el agua en los tejados,

cuando nubla la vista una lágrima envuelta en el cuaderno,


pero pliego mis hojas,

pero cierro mis ojos

para dejar que caiga,

para nacer al mundo

oxigenando el fuego

frío,

con luz tupida

y solidificada

e instruida en el arte de la aguja.


Y no alcanzo a coser el cielo con la tierra,

silbo mirando al suelo

como un viento cohibido,

curtido en los rincones de tu piel

donde el riesgo creó ese primer latido por amor,

donde el agua rompió

como un rayo oxidado mi tormento,

y yo siempre sabré que me enseñaste a deslumbrarme.


Ahora ya no busco,

ya tengo la mirada que se cierne

sobre las tempestades.


No camino perdido, de ti aprendí a mirar dentro de las estrellas.


Respiro cada aliento, contemplo cada día,

y recubre mi cuerpo y mis sentidos la flor de mi regreso

con el alma,

mientras la primavera ha tendido su manto

sobre cada ilusión y cada espejo.


Hoy me miro a los ojos y solo encuentro versos

hasta la infinitud de mi memoria.

Me examino profundamente,

cojo aire y lo exhalo,

como si cautivara

aún

nuestro amor marchito,

reanudo desde el vientre

un sendero de luces

que vierten los iguales del tiempo y la esperanza

transitados aún por el encanto,

y el canto de las piedras

rueda hasta mi garganta

con la que desatasco la eterna voz dormida

y como una ribera, permito que me inunde y me vacíe,

como si fuese un hueco entre el hombre y la historia,

y me ausento de mí, queda ya lejos

esa belleza llamada poesía,

y me cubro de besos del pasado,

esa belleza llamada poesía,

y me encuentro un sinfín de versos en mi boca

en la que penetraste sin tocarla,

en la que hacías mías tus palabras.


Y persigo mis pasos, como un sueño en la tarde,

y es al anochecer cuando entras en mi pecho,

como un ave valiente,

un murciélago solo para mi sombra y mis palabras.


Y allí encuentras la calma

que reposa en el cielo de mi piel,

una ventana al mundo sin cristal,

solo la transparencia

y el júbilo de ser el espejo de mí.


Mis huellas indelebles,

mi deseo es el pozo sin fondo donde cae tu moneda.


Me abro dentro de ti, te abres dentro de mí.

Y cuando se me olvida ponerle nombre al sol,

cae la noche,

como un grito dormido tú me cubres la luna.


Y ciegos de miradas,

y todo lo demás,

el alba nos desnuda

y amanecemos

profundamente nuestros.


Y tan profundamente que el sol baña la sombra.


Y llego a mi destino, al más puro latido…

Y late y late y late para siempre

porque tú lo has querido.
Bella cascada de sugerentes y certeras imágenes para un sensible y hermoso poema de amor. Un abrazo amigo Ricardo. Paco.
 

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